La canción.

La anciana canturreaba entre dientes aquella letanía, mientras daba forma a la servilleta de papel mirándome de reojo. Al terminar la figura, la ponía sobre la mesa, acercándomela, y me lanzaba una mirada interrogante.
"¡Una mariposa!" le respondía yo.
Ella, desilusionada, cerraba brevemente los párpados y haciendo gala de una agilidad sorprendente, se levantaba de la mesa y desaparecía tras la puerta sin decir una palabra. Así cada domingo, una semana tras otra.
Mi padre, absorto en su periódico, nunca parecía darse cuenta de nada.
Con el tiempo, me fui olvidando de la anciana, de sus figuras y casi hasta de mi padre, pero nunca pude olvidar aquella canción.
Ahora, treinta años más lejos y a más de mil kilómetros de allí, aquella música vuelve a mis oídos. No, no la estoy imaginando, alguien la canta a escasos metros... el mismo tono, la misma voz. Instintivamente giro la cabeza buscando a mi padre, pero estoy solo entre el gentío. Unas mesas mas allá, la misma anciana me mira de reojo mientras termina su figura de papel. Incapaz de moverme, la miro incrédulo, sabiendo que volverá a lanzarme su mirada interrogante. Al menos ahora... se que no es una mariposa.

La razón de las emociones y las emociones de la razón.



Una emoción es el futuro impacto, más o menos inmediato, que producirá en nosotros un hecho ajeno, un acontecimiento externo.
Es la consecuencia, el producto de procesar intelectualmente un hecho exterior, ajeno o no a nosotros, según los filtros que cada uno posea.
El hecho, una vez procesado, pasará a formar parte de nuestro intelecto, y se convierte en una influencia más. En una emoción.
Y la razón, el intelecto en sí, es la herramienta lógica para tratar de entender, de protegerse; es el filtro y el proceso.
El intelecto estaba antes, pero como una pagina en blanco. Necesita por tanto aprender, imprimirse, pero al hacerlo se contamina. Influencias.
Se puede deducir que toda influencia es perversa, porque contamina, pero es necesaria. Es evolución. Positiva o no. A veces incluso involución. Pero sin ellas no hay aprendizaje.
Es fácil concluir por tanto que emociones e intelecto son ya la misma cosa una vez los hechos circundantes han sido absorbidos, procesados.
Si asumimos esta premisa, lo importante entonces son los filtros.
De la calidad de los mismos dependerá el grado de entendimiento... y de coherencia.
De no fluir así no seríamos humanos. Al menos no estos que conocemos.
Lo importante entonces es el intelecto. Las emociones, con práctica, se dominan.
El problema es que sin ellas… el mundo se queda sin alicientes. Al menos para la mayoría. De ahí la confusión.
De los filtros ya hablaremos.

La chispa.


No lograba recordar donde o cómo la había encontrado, pero un día metió la mano en el bolsillo y ahí estaba, con esa vibración casi imperceptible que le cosquilleaba levemente toda la mano y que la hacía tan viva.
Le gustaba llevar esa chispa siempre encima, y aunque tan diminuta que apenas podía sujetarla entre los dedos, le divertía sacarla de cuando en cuando, y abriendo el puño, mostrarla a todos, cegando así con ella a quienes no filtraban su luz.
Pero sobre todo le encantaba iluminar el camino de los otros, de los que no se desconcertaban con el fogonazo, y a esos… les irradiaba unos pocos metros de sus vidas, eliminando las sombras incluso en los ángulos más difíciles.
Le gustaba irse mientras todos andaban distraídos, aún impactados por el efecto de esa luz. Y nunca dejaba rastro, únicamente un levísimo recuerdo que corría a posarse en el fondo de sus memorias y que más tarde confundían con algún ensueño.
No buscaba recompensas, no las habría, de eso estaba seguro, tan sólo un único y solitario trasiego hasta que el ocaso marcara su fin… como uno más. Pero qué más daba, si todo terminaría fundido en un mismo crisol.

“SIT TIBI TERRA LEVIS”

P es de ésos solitarios a la fuerza que nunca han encontrado a nadie que les acompañe en el camino a pesar de ser sociable casi hasta el hastío.
Hijo primogénito de una acomodada familia, nunca tuvo grandes inquietudes de cambio y su vida terminó por convertirse en una monotonía aceptada y llevadera.
Su padre, ya mayor, enfermó y tuvo una larga y penosa agonía. Y un aciago día falleció.
Con el cadáver aún caliente en su lecho de muerte, la familia se planteaba el dilema de quién se encargaría de amortajar al difunto, hombre corpulento en vida y con una masa corporal todavía importante pese al desgaste que la enfermedad le había provocado los últimos meses.
El hecho de que a la madre ya no le quedasen fuerzas y que a la hermana la paralizase el terror ante la sola idea del planteamiento, hizo que las miradas se volvieran hacia el único hombre de la casa: P.
Y se encontró sólo en la habitación, con la única compañía del difunto, acojonado en extremo y con la letanía de los llantos que le llegaban desde el otro lado de la puerta.
El cadáver estaba en pijama y había que empezar por quitárselo. Pero no es tarea fácil ésta cuando se trata de un peso muerto –nunca mejor dicho- que no está dispuesto a colaborar lo más mínimo.
Y así, forzándole la postura al difunto para quitarle la chaqueta del pijama, sonó un crujido sordo proveniente quizá de la clavícula… y el brazo cedió. Y salió la chaqueta. Se quedó pálido, tragó saliva pero siguió con la faena. Para tenerlo más fácil con los pantalones, los rompió como pudo y se los quitó a trozos.
Y se encontró de bruces con la sonda que llevó puesta las últimas semanas.
Estaba ofuscado, no podía pensar con claridad. Y tiró del tubo. Tímidamente al principio, luego con más fuerza, con desesperación al final, hasta que la sonda acabó por salir. No entraré en detalles… por alguna extraña razón le vino a la mente “La matanza de Texas”.
Aturdido, traumatizado y salpicado de sangre, volvió a tragar saliva por enésima vez y se puso a vestirlo.
Con la camisa hubo suerte. Con la chaqueta no tanta. La primera manga entró, la otra… ¡joder con la otra! Con el difunto de costado para facilitar la tarea y apretando los dientes, le dobló el brazo hasta llegar a la manga de aquella maldita chaqueta que parecía tres tallas más pequeña de lo que debiera. Y crujió la otra clavícula…
A estas alturas tampoco tenía importancia una clavícula más o menos, se repetía a sí mismo. Eso si, el difunto no tenía buena pinta. A medio vestir, deformado, con los hombros casi pegados a las orejas parecía decir; “a mí me da igual”.
No era ésa la imagen de solemnidad que debía transmitir, la verdad. “Si es que no ayudaba en nada” diría meses después. De cuando en cuando sonaban unos golpecitos en la puerta y una voz familiar decía “¿va todo bien?”… “si, si” se apresuraba a decir nervioso.
Volvió a tragar saliva –ya casi no le quedaba- y con los pelos de la nuca como escarpias, pensó; “ya lo recompondré luego, ahora hay que terminar esto”.
Con la energía que te da la promesa del trabajo bien hecho, sudando, terminó de ponerle los pantalones, le apretó el cinturón, le puso los calcetines y se sentó sobre el extremo inferior de las piernas del muerto para ponerle los zapatos con más comodidad. Casi está listo pensó. Pero al cadáver le entró el rigor mortis.
Con el cinturón bien apretado –tiempo después se preguntaría para qué, total si tampoco iba a perder los pantalones- y sentado firmemente sobre las espinillas del difunto, el cuerpo se dobló por la cintura, incorporándose lentamente hasta situar la cara por encima del hombro de P… como intentando ver qué demonios le estaba haciendo.
P nunca fue un tipo valiente, la verdad. Y aquello fue demasiado para él. “Ha vuelto” pensó.
Quiso gritar, pero con la boca ya seca y el terror dominando su cuerpo, sólo logró emitir un extraño gruñido, seco y gutural. Su mente se encontraba ya al otro lado de la puerta… o puede que más lejos aún. Y reaccionó. Saltó como accionado por algún extraño resorte, buscando la salida, pero no acertó a abrir la puerta. Se dio de bruces contra ella en un impacto que sonó como un cañonazo por toda la casa. Y cayó de espaldas sobre la alfombra, medio sin sentido y con la nariz sangrando por el golpe.
El cadáver cayó de lado quedando con medio cuerpo fuera de la cama, la cabeza apoyada en el suelo y el culo apuntando al techo, rígido y doblado como una “V”.
La familia entró apresurada al oír el escándalo. Confusos con la escena que tenían delante –claro, no entendían nada- y sin pensárselo dos veces, lo sacaron de ahí arrastrándole por los pies y cerrando la puerta tras ellos apresuradamente… por si acaso.
No volvió a entrar nadie más hasta que llegaron los de la funeraria y acabaron el trabajo.
Días después del entierro aparecería uno de los zapatos bajo la cama.
Bueno, tampoco lo iba a necesitar... “SIT TIBI TERRA LEVIS” que dirían los romanos.

El vuelo de las arañas.

Mi estación es el otoño. Es la transición, la recapitulación, la mirada interna antes del letargo, y en cierto modo, la renovación y la catarsis.
De visita en mi ciudad natal, a principios de otoño, me senté a extramuros en uno de esos precipicios que la rodean para contemplar el bucólico paisaje que se extendía frente a mí y que casi siempre me deja sumergido en una extraña pausa.
Y allí asomado, a caballo entre el precipicio frente a mí y el que llevo dentro, en un precario equilibrio para no inclinarme demasiado hacia ninguno de los dos lados, reparé que sobre el fondo montañoso se dibujaban unas huidizas y veloces siluetas arrastradas por el viento reinante; tenues al principio, casi invisibles, ya más claras cuando se me hizo evidente su presencia.
Eran hilos blancos, de distinta longitud, a distintas alturas, por docenas, centenares, todos en la misma dirección. Sólo supe de qué se trataba cuando uno de ellos pasó a escasos centímetros de mi cara. Eran finísimos hilos de araña. Y no volaban solos.
A lomos de cada hilo y en su extremo final, como dirigiendo la extraña nave, iba su tripulante.
¿Era aquello un vuelo voluntario o la imposición del capricho de los vientos?
Prefiero quedarme con lo primero. Inmóvil e indefensa, a merced de los pájaros y del viento, volaba la araña. Horas tal vez de viaje incierto para aterrizar con la caótica aleatoriedad del destino.
Y la muerte como compañera de viaje. Me preguntaba qué sentiría la araña, ahí colgada. Creo que disfrutaba del vuelo simplemente. Me las imaginé con una sonrisa… puede que la última, la verdadera, la interna… la que no está en la máscara. En éste viaje no caben ortopedias.
Puede que no tuviera miedo a la muerte. Quizá pudieran más sus ganas de salir del oscuro agujero en el que vivía que la incertidumbre de su destino.
Tal vez merezcan más la pena unas horas de libertad y después la muerte que vivir estática… sin esa herencia genética que te encadena a la maldita telaraña.
Sin dependencias.
Quién tuviera las pelotas que tiene la araña.

* * *

Le llegaba la visión del cielo cargado de nubes y claros en forma de mosaico, en multitud de pequeñas y redondas ventanas, formando un abanico de colores que ocupaban todo su pequeño cerebro. Las nubes pasaban veloces allá arriba. El viento se podía oler. Iría en aumento, lo sentía. Al menos no tendría que refugiarse bajo una hoja para evitar el impacto directo como ocurría últimamente con los frecuentes chubascos otoñales. Odiaba la lluvia. Ésas enormes bolas de denso líquido que caían del cielo con violencia, con una fuerza inusitada que la hacían salir despedida si la alcanzaban. Menos mal que tenía su hilo siempre conectado entre su cuerpo y esa enorme red que tanto trabajo le había costado tejer y que la libraba de caer lejos, entre la maleza, siempre poblada de criaturas extrañas y a veces peligrosas. Como ella misma. Aún así siempre la sacudía, la zarandeaba hasta marearla y necesitaba agarrarse a la hoja con la fuerza que le daban sus ocho patas para no caer. Y su siempre inacabada obra, su red, con esa geometría casi perfecta que tanto le costaba calcular, se volvía intransitable cargada de minúsculas gotas de lluvia. Debía sacudirla cada vez. Odiaba la lluvia.
Esta tarde no habría lluvia, lo sabía. Pero bajaría el temido viento. ¿Temido?
La idea del viento era refrescante y temible. Le causaba angustia ésa fuerza terrible, imparable, capaz de arrancarla de su entorno solitario y monótono si no se andaba con cuidado buscando un refugio momentáneo donde guarecerse.
Sí, se pondría a salvo, pensaba, para poder seguir acudiendo a la llamada de su telaraña cuando la vibración le avisara de una nueva victima. Acudiría presurosa siempre dispuesta a inyectar su paralizante y terminal mensaje de sueño. No podía evitarlo. A pesar de no siempre tener hambre, aún teniendo la despensa casi siempre llena, con sus victimas vivas, esperando a ser devoradas, envueltas en un siniestro capullo tejido por ella misma como si de una naciente crisálida se tratase. Naciente… qué ironía. Pero no podía evitar acudir a la llamada de su propia trampa. Se sentía esclava de su creación, de un impulso incontrolado… como movida por unos hilos que no podía ver.
Su monótona vida… siempre esperando. Esperando pacientemente a la próxima presa que muy a su pesar caerá en este dibujo suspendido y del que no podrá zafarse. Esperando a ese macho que inevitablemente se presentará un día no muy lejano y al que terminará devorando tras unos breves momentos de placer. Tampoco podrá evitarlo.
Esperando que eclosione el producto de ése fugaz encuentro y salgan esos hijos anónimos a los que nunca podrá conocer y que terminarán devorándola viva. No hay compasión. Ni para sus presas, ni para su compañero… ni para ella misma. Y se cerrará el círculo. Siempre esperando.
A veces se preguntaba si el sueño sería plácido para sus victimas. Algún día no muy lejano lo sabría.
Por otra parte el viento la hacía soñar. Soñaba que la liberaba de cadenas impuestas por algún mecanismo caprichoso y sin sentido del que nada entendía. Ya vio antes como alguna lejana vecina, fuera de su territorio, iniciaba su vuelo a horcajadas de un hilo casi transparente. Nunca estaba segura de si eran varias o solo una. Maldito mosaico de imágenes… la confundían.
La tarde iba cayendo lenta. El viento arreciaba por momentos. Unas matas más allá, en otros territorios, otra araña había salido despedida por la furia reinante y estaba suspendida en el aire, sólo sujeta a tierra firme por su sedoso cordón umbilical. Bailaba en un zarandeo incontrolado, angustioso, y suspendida entre dos mundos luchaba contra el viento moviendo sus patas sin control alguno, sorprendida…
Logró por fin agarrar el hilo y comenzó su bajada a través del mismo, hacia la seguridad de abajo, desapareciendo finalmente entre el matorral.
Contemplaba expectante el desenlace.
Esperaba ver cómo la otra araña soltaba su arnés de seda y desaparecía libre. Lo deseaba así para volar con su imaginación junto a ella. Pero no se produjo.
Miró a su alrededor… ése paisaje mil veces observado. Conocía cada planta, cada piedra, cada brizna de hierba. Le pareció enormemente triste, sin color, previsible.
Volvió sus ojos hacia la enorme red, hacia ese producto de sus tripas que se doblaba elástica frente al embate del viento. Ya tenía ciertos daños, pequeños objetos indefinidos chocaban contra ella, algunos la atravesaban, otros más ligeros se quedaban atrapados en ella.
Sonó como un chasquido en su cerebro mientras contemplaba la escena.
Y no se lo pensó.
Fue soltando hilo para que el viento lo fuese agarrando y cuando la fuerza se hizo difícil de soportar ordenó a sus patas que dejaran de asirse a esa existencia inútil.
Salió despedida en un vuelo rasante, girando sobre sí misma, desestabilizada, en un viaje lento para su nervioso mundo de rápidas reacciones. Sobrevolaba otros lugares, otros colores, indiferente a lo que pudiera ocurrir allá abajo… asustada y feliz… por fin el mundo pasaba entero, imparable y en toda su magnitud ante sus ojos… formas, colores, olores desconocidos… libertad.
Ya no le importaba el final. Ni los pájaros que presentía sobre su cabeza, ni siquiera ella misma.
El viento la elevó rápidamente. Tanto que sintió frío. La oscuridad empezaba a invadirlo todo. Ya no veía lo de abajo, sólo ése color rojizo tras las nubes que se iba tornando negro lentamente. No sabía muy bien cuanto tiempo llevaba ahí. Horas, días… puede que toda una vida. Ya no sentía el frío. Un extraño sueño la invadía, a ella que nunca había dormido, mientras miraba ese fantástico universo plagado de estrellas con el que tantas veces soñó y que ahora tenía mas cerca que nunca. Casi podía tocarlas. Que extraña placidez. En su sopor semi-consciente imaginaba que había logrado romper las malditas cadenas que la sujetaban a ese quehacer ya predestinado y sin posibilidad de sorpresas. Ahora la muerte sería distinta.
Le vino a la cabeza lo que soñarían sus presas envenenadas. Ahora creía saberlo.
Se hizo la oscuridad por dentro… y soñó con mundos ligeros y distintos.
Un suave golpe la sacó de su letargo. Ya sin fuerzas, casi no podía sentir nada y los colores de su mosaico eran parduzcos y sin relieve… pero había luz y el movimiento era muy diferente, ya no estaba entre violentas y rápidas sacudidas como durante la noche sino algo más pausado, suave. Era como la sensación en los días de mansa brisa, colgada de su red. Poco a poco, sin ganas, fue enfocando sus ojos hasta que pudo ver. De no estar tan débil, de poseer aún ese miedo de antaño habría quedado paralizada. Se hallaba flotando sobre una colosal superficie de agua, como sobre un espejo, límpido y brillante. Miró donde se apoyaban sus patas, incapaz de sentirlas. Una pequeña, frágil y seca hoja amarilla era su nave. El espejo que la rodeaba sólo se rompía cuando alguna especie de monstruos emergían rápidamente sus enormes fauces para tragarse algún insecto con menos suerte que ella antes de que se hundiese, desapareciendo inmediatamente después bajo el espejo. No podía sentir miedo. No podía sentir nada. Pero el instinto, ésos hilos no visibles de los que todavía quedaban restos no le permitían asomarse al borde de la nave. Los monstruos estaban al acecho.
El avance se hacía lento, apenas perceptible, la brisa parecía tener intenciones de colaborar acercándola pausadamente a la orilla. Podía oír a lo lejos cómo el agua cambiada de sonido… más apresurada, más violenta.
Los juncos de la orilla se iban haciendo más grandes. Recordó que siempre quiso ser una araña saltadora, de ésas nómadas sin rumbo fijo, ágiles y rápidas, sin la servidumbre de la red y que a veces veía pasar junto a su guarida. Siempre las envidió. Ahora podría haber saltado hacia los juncos si fuera una de ellas, antes de que la corriente la arrastrase hacia el final.
El final. Poco le importaba el final. Se quedó mirando los juncos que pasaban cada vez más veloces y sonriendo saltó hacia ellos…

Siempre quise.

Siempre quise no pertenecer a nada para ser dueño de todo, andar con los bolsillos vacíos, ligero, por si hubiera que salir corriendo.
Siempre quise que mis credos no fueran de este mundo, ni de cualquier otro, que ninguna idea pudiera atraparme y encadenándome, me tiñera de algún color.
Siempre quise ver lo que nadie puede; la sonrisa de la araña cuando vuela, el relámpago fugaz de un pensamiento o la esencia final de las cosas.
Siempre quise llevar tu sonrisa de equipaje, ingrávida y suelta y que revoloteando, vaya y vuelva cuando quiera, libre, y como tu mano… tomarla si se acerca.
Siempre quise no querer pero no puedo.

Los cuervos.

Me fijé en la extraña bandada de cuervos que como una nube, volaban en círculos sobre mi cabeza. Los había a cientos. No producían el más mínimo ruido. Seguí distraído con mi lectura, sentado sobre la piedra, cuando sin previo aviso, como una súbita ráfaga de viento, la nube bajó hasta mí, rodeándome. Me envolvió por completo. Giraban a mi alrededor emitiendo un graznar incesante, veloces, ninguno me rozó siquiera. Eran tantos que la oscuridad me rodeó. A medida que aumentaban en número, sus extraños y profundos gritos iban haciéndose más lejanos, más suaves, ya no era un griterío sordo y sin orden sino una letanía suave y con sentido… un extraño y antiquísimo lenguaje, anterior a la existencia del hombre, pensé. Me hablaban. Mantenían con sus voces imposibles la ilusión que me rodeaba. De algún modo supe que si callaban todo se esfumaría. Me calmaban. Una burbuja de aire tibio me envolvió. Olía a infinito y a sombras.

Ya no podía escuchar su aleteo, me esforcé intentando captarlo, parecía imposible no poder oírlo a pesar de tener cientos de cuervos girando en torno a mi, pero no, no había ya ruido alguno en el batir de sus alas, sólo la extraña vibración en la que se habían convertido sus gritos, un aterciopelado zumbido como jamás sentí antes, hipnótico, embriagador… como surgiendo de las profundidades de ninguna parte, de algún abismo indefinido, ilocalizable, de mi propio abismo tal vez.

Y entonces remontaron el vuelo, en silencio. Y yo con ellos. Me arrastraban tras de sí como una pluma engullida por el rebufo de un camión a su paso.

Y el sonido volvió, intenso y profundo, distinto, era el sonido del viento… del Silencio… omnipresente y cómplice. Todo lo demás pasó a un segundo plano. Mi cuerpo se esfumó, ya no había sensación física. Era libre.
Me invadió esa felicidad casi absoluta del que se siente sin miedos, invencible y etéreo, en un reino absoluto de sentidos que no pertenecen al hombre.
Continué mi vuelo, desde perspectivas siempre cambiantes y flanqueado en todo momento por centenares de sombras negras, que se apartaban inmediatamente de mi campo de visión en cuanto notaban que fijaba la vista en algún punto… como para no estorbar. Observaba cada detalle del paisaje, del recorrido, me llegaban los aromas de abajo con sólo desearlo, de cada flor, de cada arroyo, del frescor de sus aguas, de su olor, de la vibración que despedía cada criatura, de sus estados de ánimo… de su futuro.
No recuerdo cuanto duraba ya el vuelo… el tiempo perdió su significado, y al sobrevolar un precioso río con un fortísimo contraste entre el color turquesa de sus mansas aguas y el intenso multicolor de los árboles que bebían en ellas, captó mi atención la belleza de uno de ellos. Sus hojas pasaban por todos los colores del arco iris, quise bajar de inmediato a posarme entre sus ramas, que aquella fragancia que me llegaba hasta las alturas me inundara, e intenté abrir la boca… ¡pero no tenía…!
Una terrible angustia se apoderó de mí, mi vuelo se hizo más inseguro, más errático, mis acompañantes me miraban curiosos, incrédulos, desconfiados. Desde mi confusión conseguí vomitar un grito sin saber de dónde había salido, un grito involuntario, áspero y discordante. Los cuervos, ahuyentados, se esparcieron en su vuelo, y desaparecieron. 

Todo el peso de la materia tomó forma, y al instante, perdí toda sustentación. Y caí en las aguas turquesa.
La violencia del impacto me sumergió hasta el fondo. Era un fondo blando, hecho de cienos y lodos, pegajoso, negro y maloliente… a duras penas logré llegar hasta la ribera y encaramándome a unas ramas pude salir del agua.

Me senté empapado en la misma orilla. Las gotas de agua, tibias, me cosquilleaban al resbalar por la cara mientras contemplaba la contradicción evidente entre el increíble color turquesa de las aguas y el negro surco de fétidos lodos que fui dejando al salir. Miré hacia lo alto.

De los cuervos ni rastro. De mi felicidad tampoco.

El señor de los cuervos

A lo largo de este viaje, con el aliento de la muerte siempre pegado al cogote, a veces seco y frío como el viento de las estepas, otras tibio y deseado como ese beso último que traspasa la pasión y la razón, ése beso que quizá se produzca en el último instante y sin duda se llevará la vida como tributo. A lo largo de este viaje, decía, ha cambiado. Su propia metamorfosis le provoca una interpretación del mundo completamente distinta, casi inhumana. La mayoría de cosas que creía importantes en su vida ya no lo son; las riquezas, el reconocimiento o las ansiadas aventuras las ve ahora vanas y huecas. Hasta ese conocimiento tan buscado en otro tiempo le parece, después de filtrado, una carga inútil en su mayoría. La sabiduría no está fuera. Ahora lo sabe.
Ni siquiera el amor… ésa vibración que te llega con tus mismas frecuencias, que te desnuda indefenso ante el otro, que te produce ese cambio inexplicable tan inquietante, esa dulce tortura que no te deja vivir pero te da vida al mismo tiempo… le parece ahora un juego de niños. Quizá porque se necesite compartir lo aprendido, o puede que sea por llenar ese hueco tan humano que todos paseamos por ahí, que nos deja incompletos sumergiéndonos en esta búsqueda constante y casi siempre estéril por encontrar fuera ése vital complemento que quizá no sepamos sacar del interior de nosotros mismos, si es que está, y que nos haría ser completos, desiguales y perfectos.

Aunque a veces le habría gustado no despertar solo. Tener algo sobre lo que enroscarse en la cama, despacio, como una suave y cálida serpiente explorando cada recoveco. No, no se trataba sólo de sexo, sino de sentir su temperatura, los latidos de sus pechos vivos y desnudos contra los suyos, de que invadieran la parte yerma de su vida con un enredo de piernas, de ensueños y cariños, de una compañía cómplice y sin lastres, de ese suave olor a alientos tibios, a la dulce y vaporosa humedad de su sexo, a la vibración más allá del contacto… a meterse bajo la piel. Pero un juego de niños al fin y al cabo.