El Guardián

En el cementerio que rodeaba la antigua iglesia, hacía mucho que no enterraban a nadie. Más de cien años tal vez.
Los musgos y hiedras que recubrían las tumbas, le daban una apariencia de jardin descuidado y surrealista.
Le llamaba la atención una de ellas, quizá la más antigua dado su aspecto, como salida de algún tenebroso cuento de Poe. La hiedra cubría por completo el ahora mutilado cuerpo de un ángel de piedra gris, ya sin el brazo, posiblemente amenazador, que pudo esgrimir un día.
A sus pies, una lápida con extraños simbolos, ilegibles a su entender.
El musgo dejaba ver unas fechas, 1.73?-1.742, y las primeras letras de un nombre, Gaë… Gaëlle seguramente. Una niña por tanto.
Al epitafio, ilegible, le daba una interpretación diferente cada día, según la inspiración del momento; Aquí yace mi pequeña flor, a la que di mi corazón para que siga viva entre los muertos, mientras yo, ya muerto, me arrastro entre los vivos, por ejemplo.
La pequeña iglesia románica solo abría su repujada puerta los domingos, para la misa, pero en un lateral, la de la sacristía siempre estaba abierta.
Era el guardián de la entrada un San Jorge, policromado y a tamaño natural, que con ojos fieros y gesto iracundo, clavaba su escoba en la sombra de algún dragón inexistente. Quizá algún día lo tuvo a sus pies, pero ya no quedaba rastro, porque el dragón, cansado de representar durante siglos la misma función, y de que la ceguera religiosa del caballero no le dejara entender la profundidad del simbolismo, decidió remontar el vuelo un buen día, dejándole a solas con su estúpida ira.
Debía ser tan antiguo como la propia iglesia, que llevaba su nombre, y ambos compartían el mismo destino… una intermitente y eterna restauración.
Y sí… blandía escoba en lugar de lanza, sin duda una broma de alguien cansado de ver tanta furia en aquella cara. Pero a escobazos o a lanzazos… imponía el mismo respeto.
Nada más abrir la puerta de la sacristía, se lo encontraba de frente, siempre vigilante.
Amenazador y furibundo, parecía cobrar vida, como pidiendo explicaciones por la profanación de la que creía su casa.
Cierta tarde gris –los días grises volvían más siniestro si cabía al eterno paladín- cargándose de valor para sortear la amenaza, se adentró en la penumbra de la iglesia, encaminándose hacia el órgano, como era costumbre.
Le agradaba sentarse frente a las viejas teclas, aunque no emitieran sonido alguno, y mover aquellas innumerables clavijas y resortes, mientras se imaginaba tocando una melodía nunca escrita ante un público extasiado. Cuando las ovaciones se le antojaron cansinas, dirigió distraído sus pasos a la sacristía para volver a salir… y se encontró a San Jorge girado, mirándole de frente.
¿Cómo podía ser…? desde ahí debería estar de espaldas, siempre lo había visto así.
Estaba acostumbrado a estar solo y no se asustaba fácilmente, pero como un relámpago, rodeó la estatua y desapareció a la carrera hasta su casa, cien metros más allá. Y girando constantemente la cabeza… por si acaso.

Tardó un tiempo en volver.




De antropogénesis y finales.

Se supone que todo partió de dos individuos de la misma especie, aunque no necesariamente de la misma raza. Todos conocemos el viejo mito bíblico que nos habla de Adán y de Lilith, su primer intento (o el de ella), y nos dice que al no doblegarse ésta última a las servidumbres impuestas por el primero, decidió abandonar aquel “paraíso”, instalándose por su cuenta en el oscuro mundo de extramuros, dominado por algún tipo de demonios, y en el que encontró reposo. 
Menuda debía ser esta Lilith… o este, que ya puestos a destripar la leyenda, tampoco tenía por qué ser necesariamente hembra. Ni Adán el macho.
Pese al sugerente mito, puede que la tal Lilith, no fuera más que otro antropomorfo de los muchos que posiblemente poblaban la tierra por aquellos años, pero situado un eslabón por debajo de Adán en la escala evolutiva.
Nos cuenta la Biblia; «Los gatos salvajes se juntarán con hienas y un sátiro llamará al otro; también allí reposará Lilith y en él encontrará descanso (*)”... críptico donde los haya, para no perder la costumbre, pero quizá pudiera interpretarse como el animal volviendo con los de su especie. en cualquier caso, quien lo escribiera tampoco estuvo allí para verlo.
Y en este vals plagado de errores, parece que no cuajó la cosa, es evidente que resultaba imposible hacer planes con semejante hembra (o macho), y que nuestro Adán, sin nadie que le calentara ya la cama, probó en otros rebaños…
Lo que ocurrió después, biblias aparte, es ya más fácil de imaginar; una vez asentada la compatibilidad genética, los homínidos se van multiplicando en una proporción N(n) y se dispersan por el globo con mejor o peor suerte, y por tanto, ídem con el éxito.
Pero el entorno todo lo transforma, y a veces… de un modo brutal.
Rudyard Kipling vio en alguna ocasión esa metamorfosis; un chimpancé, después de morir su cría, roba un bebé en la aldea más próxima y lo amamanta como propio. Al cabo de unos años, encuentran al humano ya modificado, como si fuera uno más de los monos; con la espalda cubierta de pelo y los colmillos extraordinariamente desarrollados, como los propios animales con los que vivía.
Está claro que eso no es genética, sino mimetismo.
La evolución no siempre viene determinada por los genes, a veces… la mente se les adelanta. Pura supervivencia.
Y con el entorno como condicionante, poco a poco van surgiendo las razas; con pieles más oscuras o más pálidas, mayor o menor estatura, rasgos distintivos, etc. y por supuesto… la cultura. Pero como se trata de hacerlo breve, no hablaremos aquí de ella.
No hay duda del mecanismo que mantiene todo esto; el aislamiento.
Siguiendo por tanto esta misma línea evolutiva, y lanzando la mirada un poco más allá, no es difícil hacer el camino a la inversa, y adivinar el resultado en un futuro relativamente corto… corto si lo comparamos con la historia del hombre, claro.
Con esta imparable globalización que vivimos, y si el mundo aguanta, el aislamiento desaparecerá por completo, y el continuo mestizaje nos llevará finalmente a ser una sola raza: la suma de todas las actuales.

Ya tendríamos un problema resuelto. 



(*) De la Wikipedia, por aquello de lo breve.



El abuelo.

El viejo no era de muchas palabras. Yo tampoco. Herencia suya supongo.
Por eso durante mucho tiempo, creí que se quedaba a medias con las frases.
No era hombre de letras, decía no necesitarlas.
Nunca tuvo un trabajo estable, quizá por tener vocación de gigoló y alma de tahúr.
Su vida no fue fácil. Con el acicate de cuatro mil reales que le dio un señorito para que se alistase en el ejército en su lugar, como era costumbre en la época, creyó poder huir de la miseria y firmó antes de haber cumplido los veinte.
Pasó penurias, hambre y sed, fue superviviente en la masacre del Barranco del Lobo y en las guerras de Melilla, donde mató para no morir y acabó sobreviviendo con desgana.
Y en aquél ambiente de emboscadas, deshonores y traiciones, se aficionó al juego. Se jugaba el tabaco, el vino, las guardias o la puta de turno, sin importar el orden ni tener claro el objetivo. Perdió el miedo a los vivos y el respeto por los muertos, y poco a poco fue haciéndose nihilista, como tantos otros en aquella España miserable y sin esperanzas en la que las fuerzas del «orden» disparaban contra las multitudes hambrientas, por manifestarse pidiendo un trozo de pan.
Conspiraciones «judeo-masónicas» lo definiría otro iluminado años más tarde. Quizá «judeo-masón» fuera sinónimo de hambriento por aquellos días…
Terminaron apodándole “el bala” porque confundieron su hastío con arrojo, y finalmente le hirieron en una encerrona. Le licenciaron poco después.
Se casó con una adinerada viuda, y vivió él también como un señorito durante un tiempo.
No duró mucho, fundió la fortuna entre timbas y juergas. Ella moriría poco después.
De su pasada fortuna, sólo quedó una pequeña gasolinera, y el negocio, aunque pequeño, era próspero. Tampoco duró. Ya pasaba los cuarenta cuando empezó la guerra. Y se la expropiaron. Primero unos, después los otros.
Al terminar la contienda, colaboró con el maqui, por venganza que no por ideales.
A punto estuvieron de fusilarle, aunque finalmente, lo arreglaron con unos años de cárcel. Contrabando dijo.
Los años que siguieron no fueron mucho mejores. Constantemente probando, invariablemente huyendo.
Puede que esa fuera la causa de su parquedad de palabras… ya lo había dicho todo.
A veces, me parecía un maestro de la síntesis. Cuando quería introducir alguna lección en mi cerebro, escatimaba tanto, a mi juicio -un juicio escaso, visto al paso de los años- los recursos del lenguaje y de los gestos, que nunca estaba seguro de haber entendido lo que me decía.
Por eso siempre creí que quería decir mucho más de lo que aparentemente decía. Con el tiempo, supe también que le daba la misma importancia que a encenderse un cigarrillo, al fin y al cabo… él ya solo esperaba.
Me gustaba su humor imparcial y socarrón, aunque no siempre lo entendía.
“Uno de estos días vendrá la vieja a buscarme, me tratará bien, somos viejos amigos… hubo un tiempo en que le hice parte de su trabajo”. Nunca me atreví a preguntarle.
Hacía ya más de veinte años, antes de cumplir los sesenta, que abandonó a su última mujer y se trasladó al monte, al pequeño huerto herencia de la primera, y que todavía conservaba porque nadie quiso comprarlo nunca. Se hizo una minúscula caseta de madera y piedra junto al manantial, rodeado de encinas y alimañas, y vivía del huerto y de una escueta pensión de beneficencia.
A veces sacaba su vieja escopeta y mataba algún conejo, “una muerte más no inclinará mucho la balanza, solía decir con ironía.
“¿Porqué te viniste aquí?” le pregunté en cierta ocasión.
Me respondió sin vacilar:”Porque ahí fuera sobraba”
Vivía con un viejo careas, ya sin dientes, al que llamaba Lobo. Le desmenuzaba pacientemente la comida para que pudiera tragarla. Formaban un curioso binomio, ambos se entendían con sólo mirarse:”Sabía que eras tú, Lobo me lo ha dicho” me dijo en alguna ocasión al verme aparecer.
No le gustaban las visitas y sólo permitía dos excepciones; un viejo pastor solitario con el que compartía tabaco y vino y al que toleraba porque, como él mismo, era hombre de pocas palabras… y a mí, que subía a verlo tres o cuatro veces al año.
Solíamos sentarnos en el porche.
Liaba el cigarrillo meticuloso, sin prisa, metiendo cuidadosamente entre las hebras sus malos recuerdos, para convertirlos en humo. Después, lo aprisionaba entre sus labios secos y clavaba los ojos en el horizonte, siempre la mirada perdida, sopesando tal vez… aunque hacía ya mucho que se había perdonado los pecados, quizá por insalvables.
“Hagas lo que hagas no puedes escapar” dijo, sin el menor asomo de emoción.
“¿Escapar de qué?”
“De lo que haces”
“¿Quieres decir que todo está ya definido de antemano?”
“Quiero decir que estás jodido de antemano, desde que naces… ni tus pensamientos te pertenecen”
“¿En qué te equivocaste, abuelo?”
“Yo no me equivoqué, el error fui yo” y se levantó dando por zanjada la cuestión.
Solía actuar así, y si insistía, no lograba arrancarle más que algún que otro monosílabo, y casi ignorándome, seguía con sus tareas.
Y aquel invierno vino la vieja a visitarle, sin prisa, dándole tiempo, como viejos amigos que eran.
Lo encontró el pastor en la cama, ya muy débil. Llevaba días, puede que semanas postrado, delirando, consumido por la fiebre. Bajó hasta el pueblo para dar aviso, pero el médico lo encontró agonizante. Neumonía dijo. Murió esa misma tarde.
Sus hijos no quisieron verlo.
Una semana más tarde, no sabría decir porqué, subí hasta la cabaña. La habían desvalijado por completo.

El viejo, sentado en el porche, me sonreía irónico mientras liaba un pitillo.


Esperando en vano.

Sin pretender entrar en detalles históricos, que doctores tiene la iglesia, cuando llegaron al sur los primeros de que se tiene noticia, esto ya estaba habitado por otros más madrugadores.
Aún a pesar de los tartesios, los llamados fenicios fundan importantes enclaves comerciales; Gadir, Onuba o Malaca, entre otros. Y se quedan.
Más al norte, y más o menos por la misma época, entran los griegos. Tampoco están solos, los íberos ya eran viejos habitantes del lugar. Y seguramente algún que otro celta. Y para no ser menos que los fenicios, erigen Emporión, Rhodes y Akra Leuké, por citar alguna de las más importantes. También se quedan.
Unos pocos siglos después vuelven los fenicios, esta vez convertidos en un imperio y más poderosos que nunca: Cartago. Someten buena parte del litoral mediterráneo y fundan Qart Hadasht. Otros que se quedan.
Y aparecen los romanos.
Desplazan del poder a los anteriores y conquistan todo lo conocido, cambiando por completo la faz de Iberia. Y de mucho más allá. Contar aquí los resultados sería interminable. Y claro, estos también se quedan.
Pero tal como dijeron los indios americanos a los primeros colonos; “sólo las piedras son eternas”, y poco a poco, la decrepitud del imperio y las hordas bárbaras los disuelven en el tiempo.
Ahora les toca a ellos, a los bárbaros. 
Y entran en tropel; vándalos, suevos y alanos, godos, visigodos y ostrogodos. Y sí, se quedan, pero traen consigo la cultura de la guerra, y se enzarzan en interminables trifulcas entre ellos, menospreciando por completo a los nativos, lo que les cuesta la más absoluta indiferencia por parte de éstos cuando el Islam invade Iberia. Total… ¿dónde está la diferencia en que te pise una bota bárbara o una babucha musulmana…?
Y los musulmanes se lo quedaron todo. O casi. Inútil extenderse sobre sus logros y fracasos, sobre eso ya han corrido ríos de tinta. Y cómo no… se quedaron.
A partir de ahí, una sucesión de reyes nefastos en unos casos y patéticos otros, muchas veces marionetas de una Iglesia con una codicia inabarcable, o del iluminado de turno, o movidos por intereses y venganzas personales y sin la más mínima noción de economía o de estrategias, fueron convirtiendo este país en un cortijo, propiedad de unos pocos, para la desesperación del resto, y con la mentira como lema… hasta llegar a nuestros días.
Y llegan los tiempos modernos con la lección bien aprendida. La mentira como herramienta.
Mentiras históricas, mentiras sociales, mentiras culturales, mentiras con las que se nace y que, con la estrategia de la insistencia, se convierten en acervo.
Si el engaño fuera un virus que atacara a quien lo usa, la vida de la mayoría de los políticos habría sido breve.
Los árabes dejaron muchas cosas, sin duda, pero una prevaleció por encima de las demás, un ansia sin límite: el califato. Esta maldita herencia nos perseguirá hasta el final de los tiempos. Imposible ponerse de acuerdo en un país en el que todos quieren ser califas. Como muestra… las autonomías.
Con toda esta amalgama de razas y culturas… ¿a cual de ellas se refieren cuando hablan de identidad propia?
Mejor elegir un momento histórico a medida y, eso sí, convenientemente manipulado, y hacerlo suyo. Siempre en interés de unos pocos.
Esperamos en vano, éstos… tampoco se irán.



Paseo.

Amanece. La noche, sin ruido, se retira, arrastrándose por un suelo mojado.
Un sol de mirada oblicua se alza sin apremios.

La humedad nocturna, cargada con su oculto embrión de vida, alimenta en secreto la tierra: “Su padre es el Sol, su madre la Luna. El Viento lo lleva en su vientre y la Tierra es su nodriza”, revelaba Hermes.

El universo debe ser una idea. Y su creación, una ecuación numérica. Para el que tenga dudas… los fractales de Mandelbrot. Platón ya estaba enterado.
¿Existirá por tanto el Caos? El aparente si, sin duda, pero perfectamente “ordenado”, regido por alguna, para nosotros, incomprensible igualdad matemática. O eso creo. En cualquier caso, nada comparable al caos que me espera el lunes en la oficina.

La luz, ambarina y radiante, sublima las tenues aguas, ahora más ligeras, y las eleva, las atrae hacia sí, por el simple capricho de volver a colmarlas.
Pequeñas columnas de vaho se elevan por todas partes, como si el paisaje entero quisiera evadirse… vaporoso, y no dejar rastro.
La vida es más sueño que realidad, pese a la engañosa contundencia de la materia.

El aire, estático, ha sido cargado con efluvios nocturnos, y regala olores húmedos e intensos; huele a flores y a setas, a tierras mojadas y a cierto misterio.
Ruidos tras las matas. Tal vez Elementales... silfos, gnomos o hadas. Ya me gustaría. Puedo imaginar esos seres de leyenda, traviesos, a veces terribles, agazapados en las sombras, a la espera de esa hora bruja en la que todo es posible. Algunos aseguran verlos. Quién sabe. Vuelven a trompicones antiguos anhelos infantiles.

La noche… ¿por qué razón nos atrapa?; “La vida del espíritu interno es la muerte de la naturaleza externa, y la noche del mundo físico es el día del espiritual. Por esto se adoraba a Dionisio, el sol nocturno, con preferencia a Helios, el sol diurno”, H. P. Blavatsky, ‘Isis sin velo’.

La mente fluye aquí y allá, apacible, y no le apetece posarse en nada concreto.
No encuentro discordancias, ni siquiera en el aparente anacronismo de un tronco podrido, del que brotan unas flores y alguna amanita muscaria. La vida necesita a la muerte.
Al lado, una seca boñiga de vaca, ha servido de matriz a un desafiante puñado de psilocybes. Nada escapa a esa retroalimentación.

Vuelvo a la otra realidad. Los zapatos, calados de rocío, me han dejado los pies helados.

Un café al sol en cualquier terraza me vendrá bien.



Masas.

Nunca me gustaron las masas. La primera vez que fui a un concierto -el primero que dieron los Rolling Stones en Madrid, allá por los 70- a pesar de la ilusión y de la inconsciencia adolescente que arrastraba, no lo pude disfrutar plenamente.
El gentío me produjo una desazón difícil de explicar, como una certeza de que ya no sería por completo dueño de mis actos mientras durase aquello.
Eso sin mencionar que a la salida, nos esperaban los grises, y repartieron leña a su antojo. Tampoco llegué a saber porqué.
Nunca me gustó el fútbol. Ni siendo un chaval. Pero a mi amigo si. Y como le hacía ilusión ver uno de esos partidos en los que se enfrentan los eternos rivales, compró dos entradas y pasó a buscarme.
La masa en calma no transmite gran cosa, solo un omnipresente murmullo que termina sonando como una monótona letanía, careciendo de todo interés.
Pero la cosa cambia a medida que los ánimos se exaltan.
Y antes de darte cuenta, estás metido en una vorágine contagiosa, animando por alguna suerte de empatía -que no sabes de donde sale- a unos tipos de los que nunca te ha preocupado su existencia, y mucho menos su oficio.
Las masas contagian. Contagian su euforia, su ira… su irracionalidad.
Para muchos, es gratificante, porque te hacen sentirte parte, como una vieja y casi olvidada sensación de recuperar algo perdido, algo importante que nunca debió irse quizá, y sin ello... pareciera que no estemos enteros.
Para otros, entre los que me incluyo, produce una extraña percepción; la de no tener control sobre ti mismo, la de hallarte inmerso en un torbellino de emociones primarias de las que no quieres formar parte, so pena de, aunque sea momentáneamente, perder un buen pedazo de ti, de tu evolución. Con el trabajo que ha supuesto llegar hasta aquí…
En éstas estaba cuando, sin previo aviso, me entró miedo. Un miedo ilógico e inquietante… difícil de identificar causas directas, pero tan incomodo que pensé en la huida.
Aguanté estoicamente hasta el final del partido, y a pesar de que ganó el equipo de mi amigo, me prometí no volver a formar parte de un “ente” que se mueve por impulsos, sin intelecto, cambiante como una nube en un día ventoso, y sobre todo… capaz de absorberte con un estímulo ajeno.



Evoluciones

Con los años, su interpretación del mundo había cambiado. Fue una transformación lenta, irreversible. El amor, por ejemplo, ya no era un fogonazo que dejara fuera de plano todo lo demás, como en otros tiempos. Ahora, se había convertido en un consenso entre razón y emociones, un equilibrio que, lejos de ser perfecto, intentaba aproximarse a esa idea de que la armonía, podía serenar ambos conceptos. Si se daban esas circunstancias, el amor acudía, el suyo, el que era capaz de dar. Ya no tenía otro.
Era un amor sosegado, con menos pasión y más deleite, permisivo y menos invasivo, si es que algún día hubo tal invasión. Esa extraña idea, próxima a la ‘propiedad’ que pudo existir antaño, mutó en un estado de… amistad íntima, sin temores ni secretos, y aunque el miedo seguía presente, ése miedo a la posible pérdida, quedaba atenuado por una soledad fortalecida y con vida propia.
Ella le gustaba. Solía sentir cómo se mecía. La mayoría de sus vaivenes le venían con un lapso suave… felino, y traían consigo un ronroneo cómplice.
Le gustaba porque su imaginación desbordaba en un manantial de agua cristalina, saliendo a borbotones en mitad de un erial, creando imágenes vivas, pintadas por una mano invisible en un cuadro sin bordes.
Y escapando de ése tropel de infinitas estampas imposibles, sobresalían acordes sólo para unos pocos, quizá solo para él, añadiendo notas a una melodía siempre inacabada, desordenada… arrulladora, como colores cegadores en un mundo en blanco y negro.
Tenía miedo de estropear esos colores de tanto tocarlos. Pero lo que más miedo le daba, era permanecer estático y, como alguien dijo, viviendo como si nunca fuese a morir… para terminar muriendo como si nunca hubiese vivido. O al menos, no la vida que quería.
Le gustaba mantenerla en la distancia, pero acudieron a su memoria aquellas palabras de su abuela, siendo aún adolescente; “Los que quieren en silencio… mueren en soledad”.
Y cada mañana, apenas ponía los pies en el suelo, aquella batalla consigo mismo volvía a empezar… le llenaba aquella complicidad, pero le quitaba espacio.

Uno de estos días debería hacer algo, pensó.


Cuento de otoño.

Llegó a su pueblo con la caída de las primeras hojas, como un presagio.
A través de los sentidos, absorbió con avidez los olores del otoño, de los humos casi perfumados de alguna quema de rastrojos. Evocó siluetas de calles y casas, y a pesar de estar todo cambiado, las sobrepuso a las grabadas en la memoria, como un calco, e intentó traer el pasado.
El suave murmullo del viento arrastrando la hojarasca, le hizo cerrar los ojos. Los recuerdos acudieron en tropel; el olor a pan recién hecho, las nevadas del invierno, los juegos en el arroyo…
Abrió los ojos y se acercó al río.
El otrora lecho de musgo y piedras, había dado paso a un insulso canal hormigonado. El estéril cemento, dictaba la dirección de las aguas, ahogándolas sin ruido, sin esperanza.
Al fondo, un débil hilillo corría prisionero y a desgana vertiente abajo. Se diría cansado, moribundo, deseoso de encontrar un hueco en el que expandirse en remanso, y dar cobijo a ranas y verdor… como antaño.
Una solitaria libélula azul volaba aquí y allá, sin saber muy bien qué buscaba. Como él mismo.
Las calles eran otras. Ni rastro del antiguo empedrado, cubierto ahora por una capa de gris asfalto, como en todas partes.
Las viejas lámparas colgantes, con su tenue luz amarilla, aquellas que daban vida a las sombras con su continuo balanceo, también eran otras, ahora inanimadas y estáticas, como en todas partes.
La arboleda, a un lado, era otra. En su lugar, unas decenas de pareados se erguían vencedores, sobresaliendo orgullosos sobre unos pocos árboles supervivientes… como en todas partes. 
Le vino la imagen de su casa. La vieja mole de piedra y hiedra, testigo mudo de tantas generaciones… pero no la encontró.
Un pequeño edificio de viviendas, de ladrillos rojos y monótonos, ocupaba su lugar. Unas pocas macetas suplían la hiedra.
Quedó parado frente a la casa, con la creciente impresión de que nada de aquello tenía ya que ver con él.
Pensó en lo que tenía… sus hijos, sus amigos, su trabajo. Todo le pareció más suyo que nunca. Y se puso a enterrar enmohecidos sentimientos evocados... y a los muertos.
Sintiéndose más indiferente, se dijo que si partía ahora, aún llegaría a casa a la hora de la cena.

Volviendo sobre sus pasos, fue en busca del coche, y con una última mirada… dejó todo donde estaba.



La huida.

Empezó a invadirle una extraña certeza, como de algo acechando, una sombra quizás, incierta y fría. La sintió tan cerca que abrió los ojos. Y apartando el resguardo de sus tibias sábanas de morfina huyó, aún sabiendo que toda huida sería inútil.
Las calles desiertas, sin ecos, un extraño sol blanco bañándolo todo quitándole relieve a las cosas. Aceleró el paso, desconcertada. Nadie que la guiara.
Sin aliento, se apoyó en una pared de ladrillo que desapareció a su contacto, y cayó de espaldas en un agujero oscuro y profundo. 
El descenso se le hizo eterno. Las paredes estrechas, húmedas y blandas… vivas, tan sofocantemente cálidas que la ahogaban, y reaccionaban a su contacto al intentar asirse a sus rugosidades, encogiéndose, lamentándose.
Deseó que la eternidad no fuera tan angosta.
Sin previo aviso, tocó suelo. Miró hacia arriba. Donde debía estar el útero de su caída… sólo cielo, antojadizo e irreal, de colores cambiantes; ahora verde, ahora rojo, luego amarillo. De frente, una senda se perdía entre los árboles. Todo adquiría tonos variables según dictaba el capricho del cielo. Los árboles, a los lados, se giraban a su paso. Lo que la perseguía le lanzaba su aliento en la nuca, e iba dejando tras de sí un rastro inequívoco. Las hojas caían, cubriendo el camino, y el cielo se tornaba oscuro. Pero desandar ya no era posible.
La arboleda y el camino cesaron de pronto. Y se encontró en un páramo infinito. Diríase el lugar de destierro de los réprobos… ni una piedra, ni una sombra, nada con lo que guarecerse. Como única siembra, multitud de huesos fragmentados, de tamaños desiguales, deshechos y frágiles que, a su paso, crujían sin emitir quejido. Pequeños remolinos levantaban un polvo eterno.
Pensó en los suyos. Algunos, por un tiempo, quedarán perdidos cuando se vaya… sangrando por una herida que intentarán taponar con unas manos insuficientes, de entre los dedos, escapándoseles a borbotones, lo que les mantiene erectos.
Para otros… sólo olvido.
Ya no servirá a nadie este aliento perdido. Y aquella irremplazable sonrisa marcada en la retina, ya no podrá detener el tiempo, ni su mirada alumbrar más pasos, ni el abrigo de su piel cubrirá cuando arrecie el viento frío.
Quizá ya nunca haya vientos fríos.
Tanto espacio alrededor… le cuesta, le abruma, le da escalofríos.
Cuantas cosas por hacer… o cuan pocas. ¿Habrá servido a alguien su trasiego?
Ya no sintió nada tras ella. A lo lejos, en el confín del horizonte, tan distante y tan cercano… la vio. Incluso desde esa distancia podía ver su ojo implacable.
La sombra, sin forma definible, de transparente relieve, emanaba un pulso medido, hiriente. Ni el estallido de mil volcanes podría haberlo disipado.
Sintió la onda atravesarla, despojarla de cualquier pliegue. Cada latido arrastraba consigo la vida misma, barriendo la materia, y la volvía más débil, más anciana. Ya no había tiempo para lamentos… sólo verdad desnuda.
Se dirigió hacia ella, sin fuerzas, sin voluntad.  
Al llegar a su lado, la envolvió, como el fuego envuelve un fardo de paja, consumiéndola.
Dolor. Desgarro. La piedad es un regalo del hombre.
Fue disolviéndose sin prisa, y de su cuerpo, centenares de pequeñas mariposas blancas escaparon, revoloteando un tiempo en un lugar sin tiempo.
Un remolino errante se las llevó lejos.
Y mientras se disolvía, de su interior se desplomaron como fardos alegrías y tristezas, sueños, anhelos, frustraciones… y quedaron tendidos sobre el polvo.
El sueño del páramo, con el dolor de millones de existencias y un ansia monótona, los absorbió de inmediato, como una esponja voraz y asqueada.
En una postrera burla a la sombra, al páramo, a la nada y a sí misma… soltó la última sonrisa, irónica y burlona. Ya no había deudas.
Y sólo quedaron huesos… frágiles y quebradizos.


A Charo. Donde quiera que esté.




Polvo de estrellas

Encendí un cigarrillo y me fui alejando lentamente de las luces de la casa… y del vocerío, hasta convertirlo en un murmullo lejano y soportable. La bóveda, con una profundidad extrañamente tridimensional, negra y salpicada de mundos, captaba toda mi atención, haciéndome tropezar con los pequeños obstáculos del terreno, al ser incapaz de apartar la vista de las alturas. Poco a poco, el griterío fue tornándose más débil, y ocupó su lugar el chirrido agudo y burlón de algún que otro grillo que sonaba aquí y allá, a intervalos.
Doblé una pequeña loma, ocultando por completo las lejanas luces de la casa, y toda la magnitud del minúsculo trozo de universo que tenía delante se hizo ver.
Un cometa dibujó una breve estela, puede que señalando algún oculto destino, para desaparecer con rapidez antes de tocar el horizonte… y otro… y otro más. Fin de viaje, pensé, miles de años de solitario camino… viajeros esquivos, testigos mudos de infinidad de ciclos de creación-destrucción, posiblemente hasta heraldos portadores del germen de la vida, para un milagro químico quizá sin precedentes, pero sin duda… espectadores indiferentes en un cosmos siempre diferente.
Me apoyé en la roca que tenía a un lado y dejé escapar los pensamientos… tal vez zigzagueando entre los astros me fueran devueltos más iluminados, menos humanos…
Me concentré intentando frenar cualquier diálogo, en atenuar barreras entre esa eterna inmensidad y este minúsculo lapso de tiempo de aquí abajo, me esforcé por captar la música de las esferas, por ver si me llegaba alguna nota… pero la materia posee una contundencia feroz… y algo me rozó el tobillo haciéndome saltar de lado.
El universo se esfumó… mi diálogo regresó fortalecido, trayendo consigo parte de esos miedos que uno intenta dejar por el camino.
Era un búho. Y arrastrando un ala, me miraba con ojos desorbitados, como incrédulo…
Estaba herido, y ya no tenía miedos. Tal vez pensó que era una magnífica noche para completar el tránsito. Luchaba por mantener sus enormes ojos abiertos… de vez en cuando giraba la cabeza y miraba mi pierna, después volvía a mirar de frente, entrecerrando los ojos… sin ver.
Volví a mi posición inicial. Pero continuó impasible. Me quedé un rato largo allí, haciéndole compañía, no había prisa… ni me atreví a tocarlo, él tampoco a moverse, quizá no podía. Le hablé. Le dije que no tuviera miedos, que todos los faros estaban encendidos esa noche, que la navegación sería más amable. Absorto en sus recuerdos, no se inmutó.

Encendí otro cigarrillo. Un día de estos debería dejar de fumar, pensé…



Tinieblas

Hace un tiempo, leía en alguna parte que los niños en los orfanatos de China y Rumanía, reciben como única atención el alimento y poco más. Muy poco más. Como pollos en una granja.
Contaban que al cabo de unos meses, los más pequeños perdían todo apego por lo que les rodeaba, no quedando de ellos más que una mirada vidriosa y fría, fijada permanentemente en la luz que entraba por los ventanales.
La luz como vía de escape, la luz como huida de las tinieblas emocionales, que son las más oscuras de todas las tinieblas… unas oscuridades en las que su propio llanto les es devuelto hueco y aumentado, hiriente, como sólo la más absoluta de las soledades puede herir.
No hay una caricia, una palabra dirigida, aunque sea en un tono muerto, no existe una mirada que no sea mecánica, la piel no transmite, porque el tacto se da -cuando se da- a través de unos neutros guantes de goma… porque no está la sonrisa que hace sentirse parte, porque no se sienten brazos que cubran, que aíslen del terror incomprensible del mundo que envuelve amenazante…
Ni siquiera unos breves segundos de atención, suficientes posiblemente para sembrar la semilla de la que crecería, poco a poco, esa capacidad emotiva que parece ser la causa y el efecto de vivir.
Tan terrible maltrato, les condena al autismo más profundo, al no encontrar esas pequeñas mentes una razón para seguir. Derrotados nada más pisar la vida.

No se aprende a través de la palabra en sí, ni del hecho… lo que se nos queda grabado, lo que nos forja como individuos, es la emoción que llevan impresa... esas pequeñas dosis de sentir adheridas a palabras y hechos, a situaciones y escenarios, unas pequeñas chispas que unas veces ni recuerdo dejan, y otras vienen como una onda imparable que haría crujir una montaña.
Los sentimientos son el verdadero sustento. Sin ellos no hay aprendizaje, sólo rendición.
Probablemente sea esa la 'materia' de la que estamos hechos.

Lo demás… solo relleno.

Aguilas

Parece ser que las águilas, o al menos algunas especies, pueden llegar a vivir 70 años.
El problema es que, según dicen, a los 40, el pico les ha crecido ya de tal modo que les resulta imposible alimentarse.
Para seguir comiendo, deberán rompérselo contra las rocas y dejarlo crecer de nuevo en un proceso incierto y doloroso, imagino, que durará meses y que puede costarles la vida. No todas lo consiguen. De hecho… no todas lo intentan. Puede que sea cobardía, cansancio o simplemente falta de horizontes. Decidir nos hace libres, ahí radica lo único interesante que poseemos: el libre albedrío. El escenario, de ser otro, nos transformaría por completo.
La otra opción sería “vegetar” mansamente alimentándose de insectos… hasta que el cuerpo aguante. Vida contemplativa sin el estrés de la caza… y sin su aliciente.
Hay muchas épocas críticas en la vida, no sólo para el águila.
Se van perdiendo ilusiones y las expectativas empiezan a escasear. Es entonces cuando acuden las preguntas, los replanteamientos, aunque no siempre sean llevados a término, los intentos de cambio de rumbo, y el repaso de los errores… los que seamos capaces de identificar, claro. Y en el horizonte… bruma. Espesa e incierta.
Nunca son fáciles las transiciones. Si deseas vivir, tienes que intentarlo, sin pensar demasiado en resultados. Y ten en cuenta que cualquier decisión puede ser un error, pero tienes que tomarla. En realidad, la mayoría de nuestros actos son errores estratégicos, pero si lo pensamos detenidamente, eso es lo que hace de la vida algo mínimamente interesante. Qué aburrimiento si no cupiese el error…
No voy a dar soluciones, no las hay, cada camino es personal e intransferible, sólo intento establecer una analogía entre dos existencias aparentemente tan dispares… lo animal y lo humano. Y no veo tanta diferencia. En cualquier caso, los insectos también son proteínas. Igual terminan gustándote…

Hale… a comer bichitos.

El color blanco

A primera hora, se puso en camino. Durante los quinientos kilómetros siguientes no pudo dejar de pensar en Juan. En su vida, en sus errores, en su valentía, en las veces que lo echó de menos a pesar de los pesares. Le habría servido de contrapunto para equilibrar un poco las ominosas influencias de Julia. Influencias… pensaba, necesarias, pero perversas… porque al absorberlas, nos vamos empapando de una descripción de lo que vemos, de lo que percibimos… que no es la nuestra. Pero no hay otro modo de aprender. Y con ésa premisa, nos convertimos en el reflejo de lo que son los que llegaron antes que nosotros, contaminándonos con su visión del mundo, con su interpretación de las cosas, como antes otros hicieron con ellos… sin posibilidad alguna de escape. 
En la radio, King Crimson dejaba escapar las primeras notas de su “Epitaph”… «Confution will be my epitaph…». Sí… la confusión sería su epitafio, pensó.

Le vino a la memoria aquella mañana ya tan lejana, en París, cuando le llevaron a visitar a su padre, en una blanca habitación de hospital. Blanca como la muerte. Porque la muerte viste una túnica blanca… el color del final, helado y sin vida, el más frío de los colores… tan aséptico que no parece compatible con la vida. Juan, con la cabeza vendada, intentó incorporarse al verlo entrar. Gritó su nombre entre sollozos… él… que tenía los lacrimales secos desde que le arrancaran de brazos de su madre. Inmediatamente giró la cabeza hacia la ventana, para que no le vieran llorar. Guillermo se le acercó confuso. Quería decirle que también tenía ganas de llorar pero no lo haría… porque él mismo le había enseñado que los hombres no lloran… quería tranquilizarle, decirle que los hombres, en ocasiones, pueden llorar, porque el llanto, aunque sólo sea auto-compasión, sirve para aliviar presiones, y a veces… acerca. Sus cuervos se lo habían dicho. Pero no dijo nada.
Quería escapar de allí… montarse a horcajadas de ese soplo de aire fresco que entraba por la ventana recién abierta y, cerrando los ojos, aparecer en su bosque… y al abrirlos de nuevo, todo habría sido un mal sueño.

Llegó a la hora de comer. Lo recibió Mireille, con una triste sonrisa. Lo abrazó. Sus ojos, hinchados, seguían despidiendo la misma ternura, a pesar de la edad.
«Ya no está… esta noche entró en coma y se fue esta mañana temprano» le dijo casi al oído y sin dejar de abrazarlo, con la voz entrecortándose por un sollozo contenido.
Había más gente en el salón, pero no vio a nadie, en su cabeza sólo estaban él y su padre, cogidos de la mano, recorriendo los interminables pasillos del castillo, explicándole apasionantes historias sobre aquella morada de nadie.
Y todos los recuerdos de su vida acudieron en tropel; holgados, dulces, duros, amargos, felices, hirientes, placenteros…
Mireille lo llevó hasta la habitación, como flotando. No quería ir, pero no tenía fuerzas para oponerse. El pasillo se le antojó larguísimo y durante un instante, creyó que lo encontraría con la cabeza vendada, semi-recostado en la cama, como en París.
Pero lo encontró tendido, plácido. Con su ondulado pelo gris recién peinado, vestido con traje también gris… él, que odiaba los trajes y todo lo que fuera gris. Cosas de los vivos, pensó, que hacen su última voluntad con los muertos aprovechando que éstos… ya no pueden expresar ninguna, como con los epitafios. 
Le habría apetecido sonreír, vomitar algún comentario sarcástico echando mano de esa ironía tan suya, en un desesperado intento por restar importancias, pero le inundó un torrente de emociones que pareció cebarse en sus ojos, agolpándose, chocando una con otra, desde algún punto entre su estómago y su pecho, incontenible… y lo desbordó… y después de tantos años lloró por fin, como un torrente… por Juan, por Julia, por Mireille, pero sobre todo por él mismo… por su fragilidad, porque ya no podría volver a sentirse orgulloso paseando a su lado, porque no le había esperado para despedirse, porque era su padre y un padre no puede abandonar a su hijo, porque esta maldita vida no es justa, por…
Y quedó vacío.
Y así estuvo, durante un tiempo… vacío, inmune a los estímulos externos, vagando errabundo por las calles de su vida. Y escribió:

La muerte debe ser el estado natural de las cosas. Su equilibrio final.
Si pudiera mirarla de frente, directamente al infinito de sus eternos ojos vacíos… si fuera capaz de soportar su mirada durante un solo instante, si tuviera la desesperación necesaria para asirme con fuerza a este mundo y no ser absorbido, disuelto, aniquilado... vería sin duda esa luz portadora de proteínicas moléculas de vida y mentes... llegaría a percibir esa explosión infinita, expansión última e incomprensible que acabará conmigo en un lugar inexistente, esa Luz cegadora más allá de cualquier color, que en un estallido atemporal, desplazará todo lo demás y me dejará ciego, sólo, desnudo más allá de los huesos… ante La Nada.
Y mi vanidad, contraída hasta lo imposible… será destruida, fusionándome con todo lo que fui, lo que soy, lo que seré… y no quedará nada.


Pero el tiempo, arrastrándose lento… puso las cosas en su sitio. Y la vida, una vez más, siguió inalterable su curso... como si nada tuviera importancia.

Errores

Años atrás no podía evitar fijarme en las caras de las gentes. En las calles, en los bares, en las tiendas… las había con todo tipo de huellas, pero existía una que resaltaba sobremanera, no por su número sino por el acre rastro que iban dejando… unos rostros marcados y amargos: los de la derrota.
Suelen ser fáciles de identificar porque sus facciones llevan impresas unas arrugas únicas, unos pliegues con no sólo la impronta del paso del tiempo, también llevan los surcos del fracaso sin paliativos, una maldita huella dactilar tatuada por la mano invisible del destino, en un intento quizá de hacerla rebotar en el espejo y producirte un grito terrible y sofocado cuando, ya sin fuerzas, te mires en él… El oscuro lamento del ahogo.
Entre el trasiego de gentes existente en mi calle, ya me había fijado alguna vez en una mujer que siempre llevaba de la mano, agarrado con fuerza, a un chaval de mirada extraviada, alto y fuerte, puede que de unos veinte, que andaba tambaleante y profiriendo fuertes alaridos, guturales y sin sentido.
El chico sin lugar a dudas padecía alguna especie de grave desconexión mental, de nacimiento posiblemente. A la mujer, de corta estatura, y de unos escasos cuarenta, le costaba un terrible esfuerzo mantenerlo a raya, como tratar de llevar de la mano a un oso desbocado y caprichoso.
Los viandantes solían mirarlos curiosos, con cierto aire de compasión, y le abrían paso para no entorpecer, pero sobre todo, por miedo a esa especie de monstruo de reacciones imprevisibles…  aislándola aún más si cabía…
En uno de esos «paseos» que ambos solían dar, el chaval dio un tirón del brazo que la madre sujetaba y la pobre mujer, como un muñeco, salió despedida contra los contenedores de basura. La levanté del suelo.
« ¿Se encuentra bien?» le pregunté preocupado.
La mujer, con una ortopédica sonrisa, respondió;
«No, no me encuentro bien, hace ya muchos años que no me encuentro bien…» respondió sin ninguna emoción.
Me llamó la atención lo que esa mujer llevaba grabado en el rostro. Tenía los ojos hinchados, pero no era de llorar, dejó de hacerlo hacía mucho, ahora estaban secos… de no dormir, de no vivir, de ansiar una muerte que nunca llegaba. Lucía una cara llena de moratones… y los brazos, y las piernas… y el alma… Y ya no sentía dolor.
El chaval se había parado frente a una papelera y la zarandeaba entre gritos, amenazando arrancarla.
Yo la seguía sujetando del brazo, cuando, en un ataque de lucidez quizá, o por la proximidad que durante un instante sintió hacia mí, estalló en un extraño llanto y agarrándome por la camisa, me gritó entre sollozos;
«Ya no soporto esto más… quiero matarme… matarle a él primero y después matarme yo… ya no soy capaz de vivir así…»
Sentí de inmediato toda su carga… como una losa, y deseé que aquel error de la naturaleza desapareciera, para dar sosiego a sus almas inocentes y atormentadas.
El chico ya había arrancado la papelera y ahora andaba tambaleando el poste que antes la sujetaba. La madre me soltó y se dirigió hacia él, en un intento de impedir que hiciese más daño. Por el camino se giró y me lanzó una extraña sonrisa. «Gracias» dijo.
Y entre bramidos y empujones, desaparecieron calle arriba.
Me quedé preocupado con aquella sonrisa. No los volví a ver.


La naturaleza está llena de errores.

Sobre la fe.

La fe no tiene argumentos, sólo es una pauta creada por la cultura y alimentada por el uso, a veces por el miedo. Se mantiene en forma de diálogo interno y repetitivo, y por esta razón, nunca se llevó bien con la ciencia. Pero es comodísima… las incógnitas existenciales te las da ya resueltas. Y en cierto modo, minimiza los miedos.
Suele confundirse ese diálogo interno y machacón con alguna especie de vida interior, repitiéndose una y otra vez las mismas letanías.
Los que no la tienen muy activa, se vuelcan en el exterior, dedicando su existencia a cualquier cosa que tengan a mano, a veces de un modo frenético, errático otras, buscando de este modo algo que llevarse dentro, en un intento por suplir sus carencias.
Los que la tienen demasiado activa, necesitan sacar la cabeza de ese mundo interno suyo de cuando en cuando, y buscar fuera un punto de referencia al que poder asirse, aunque solo sea momentáneamente, para no perder de vista la perspectiva de las cosas. Una vez logrado, suelen seguir con su hibernación intermitente.
Ambos terminan por tanto, creándose mundos paralelos... a medida. Los primeros, buscando los ingredientes fuera, los otros, creándolos dentro.
Si pudiéramos observar los extremos opuestos de una aparente línea recta, veríamos como al final… se juntan. No hay duda; el universo debe ser esférico.
El equilibrio, de existir, reposa en algún punto intermedio aún por descubrir…

O todo lo contrario.

Cernunnos.

Siguiendo el estrecho camino, siempre bordeado de verde y flores, se llegaba a la linde del bosque. Custodiaba la entrada una virgen negra que, con cabeza gacha y ojos oscuros y profundos, examinaba al visitante escudriñando sus intenciones, mucho más allá de la simple piel. A sus pies, un manantial de agua clara y fresca brotaba de la tierra, también negra. El agua, formando un reguero, se perdía cantarina cuesta abajo, como para dar de beber a un mundo triste y sediento, pensó. Al adentrarse, los cuervos le miraban curiosos desde sus atalayas, y se hacía un silencio apacible y arcaico que sólo osaban romper los moradores de aquel bosque, como siguiendo reglas que nunca nadie impuso pero todos conocían. El crujir de las hojas secas al pisarlas rompía el sosiego.
Procuraba no tocar el suelo al caminar, no tener peso, para no delatarse. Aprendió a pasar corriendo sobre una superficie de agua, o de hojas secas, sin apenas hundir los pies unos pocos milímetros. Se sentía ingrávido… tanto que a veces temía que una ráfaga de viento pudiera llevárselo lejos. Se le iluminaban los ojos con ésa idea. Saludaba a los viejos árboles rozándolos con la mano al pasar, y a veces, se detenía y los abrazaba. Tenían un tacto firme y cálido, y una extraña vibración. Parecían velar por los moradores del bosque. Solía subirse a sus ramas, acariciar el muérdago que crecía entre ellas, tripulante siempre verde, parásito consentido y por algún motivo símbolo de masculinidad, que según los antiguos, no pertenece ni a la tierra ni al cielo, ya que no toca el suelo ni flota en el aire porque permanece estático entre ambos mundos. Los druidas lo usaban en sus pócimas para volverse invencibles… e invisibles. Para convertirse en sombras. 
Avanzada ya la tarde, y en ese momento de transición entre la luz y la penumbra, él era el invitado del bosque. Lo notaba dentro. Le estaba permitido deambular sin rumbo por ese nuevo universo hasta la llegada definitiva de la oscuridad. Y por unos momentos… se hacía sombra. Y como tal, fue adentrándose más y más en las profundidades de aquel mundo cambiante y siempre nuevo. Llevaba un andar rápido, casi a la carrera, levantaba mucho los pies para no tropezar, la mirada horizontal buscando grietas entre el ramaje, para no tener que detenerse.

Al llegar a un pequeño claro detuvo su carrera, más para orientarse que para recobrar el aliento. Una extraña euforia le dominaba… pero estaba completamente desorientado. Nada de aquello le era familiar, y ni rastro del camino. La oscuridad caía imparable, pero no sentía miedo.

De pronto, casi en silencio, a escasos metros de donde se encontraba... el señor del bosque salió de entre las sombras, lento y majestuoso, enorme a sus ojos. Por un momento pudo ver cómo la floresta le abría paso. Y el extraño brillo de sus ojos, calmos, como el del que pasea por sus dominios haciendo un recuento rápido y visual de lo que es suyo, con la certeza de que todo está en su sitio.

El enorme ciervo se paró un instante, le miró sin interés, como quien mira un animalillo cualquiera, y reanudó su marcha cruzando el claro, perdiéndose entre la vegetación. Cuando pudo reaccionar, se lanzó tras él. Atravesó rápidamente los matorrales, pero había desaparecido, sin dejar rastro… y se dio de bruces con el camino de vuelta. Cernunnos le había salido al encuentro, no había duda.