La librería.



Siguiendo con la vista el empedrado tosco y desigual de aquel callejón sin salida, los ojos se topaban de frente con una vieja puerta, de madera, acristalada en parte y sobre la que se perdió el interés por barnizar mucho tiempo atrás. Tal vez para pasar desapercibida a los profanos, o puede que por esa falta de arraigo hacia las cosas materiales que sufrimos algunos. O simplemente por desidia.
El letrero, tan desvencijado como la propia puerta, pero aún legible, confesaba discretamente en letras negras lo que ocultaba en su interior: “Librería Orestes” (*).
Como guiado por un ansia ajena, me dirigí casi sin voluntad hacia aquella puerta cargada de promesas y arcanos ocultos, con la certeza de que, contuviera lo que contuviera, sólo sería para unos pocos. El egocentrismo de la juventud, no hay duda.
La pesada puerta apenas emitió un leve quejido mientras hacía sonar la campanilla adosada al dintel, y a mi izquierda, un leve movimiento me hizo fijarme en la cabeza blanca que apenas sobresalía tras un antiquísimo mostrador de ébano que parecía guardar tantos secretos como las mismísimas estanterías que lo rodeaban. El viejo me catalogó de un vistazo. Le sonreí como saludo y me devolvió otra sonrisa escueta y formal en exceso, para seguir con su lectura. Por un momento me imaginé que, de levantarse, mostraría su oscura túnica de alquimista.
Un suave olor a moho flotaba por todas partes. Me vino a la cabeza que la fragilidad del conocimiento va en consonancia con lo efímero del soporte usado para divulgarlo. O viceversa.
Desde algún lugar sin definir sonaban las notas de “The Peacocks” de Bill Evans, acercando un poco a lo mundano a todo aquel escenario.
La amarillenta luz reinante la repartían unas pocas bombillas, colocadas aquí y allá, dando más misterio si cabe a los viejos lomos de colores monótonos y apagados, y colocados sin un orden concreto. Las viejas estanterías de madera parecían formar una sola pieza con los libros que aguantaban, como fundidos ambos en una simbiosis de siglos.
La vitrina de las rarezas lucía inescrutables legajos, unos en latín, otros en árabe, en chino, o en algún cifrado lenguaje que no me era dado entender: Algún incunable, una edición anónima del poema de Parménides, una de las primeras ediciones del Quijote, un “Corpus Hermeticum” o algún rarísimo libro de botánica y medicina, de siglos ya olvidados, poblaban aquella vitrina.
Siempre me sentí atraído por aquellos rincones oscuros en los que creí podría hallar el misterio que ocultan las cosas. Tampoco fue en aquella ocasión.
Después de pasar por delante de varias joyas, todas inalcanzables para mí –no eran especialmente baratos- me fijé en unas cajas de cartón llenas de libros usados. Junto a ellas, dos mesas de madera se hallaban abarrotadas de libros en montones desordenados. Allí me topé con una pequeña maravilla, apología de la libertad sin paliativos, y cuyo recuerdo me ha acompañado siempre: “El enamorado de la osa mayor” de Sergiusz Piasecki.
Orestes, de prodigiosa memoria, parecía conocer todos los títulos que guardaban sus estanterías, pero nunca tenía ni idea de lo que contenían aquellas mesas... o aquellas cajas. La mayoría ni precio tenían, y al cobrar, se inventaba una cifra sin mucho interés, como para quitárselos de encima.

Volví muchas veces a esa librería, pero nunca pude permitirme ir más allá de las cajas de libros de segunda mano. Aún así hice descubrimientos brillantes.
Hace poco volví a pasar por allí, después de muchísimos años.
La librería de Orestes ya no existe. En su lugar un bazar chino con neón multicolor luce su impostura.
Quizá el viejo Orestes siga en su interior, y esto de los chinos no sea más que un acuerdo al que ha llegado con ellos para poder disfrutar de sus libros, allá oculto en lo más profundo de su trastienda... sin molestos clientes que le interrumpan.

(*) Orestes, hijo del conquistador de Troya, el gran Agamenón, asesinado éste último por el amante de su esposa, madre del primero, y quien acabó vengando la muerte de su padre sufriendo por ello la persecución de su propia madre… y de las Furias, que no veían nada bien eso de romper la unidad familiar, y terminaron por volverle loco.
Y nos quejamos del estrés de los tiempos modernos…

PD: Dedicado a Cristal.

La patada al bote

Llegó a mis manos una vieja moto que se encontraba completamente desarmada dentro de una gran caja de madera. Me pasé semanas recomponiéndola pieza a pieza. Terminada por fin, y cargado de ilusión ­-pero sin casco, en aquella época tampoco era obligatorio- salí a carretera abierta a comprobar qué daba de sí aquel amasijo de hierros, montados con más ilusión que experiencia.
Lanzado ya a cien kilómetros por hora, el guardabarros delantero se giró bloqueando bruscamente la rueda. Como en esos rodeos que se ven en las películas, salí catapultado hacía adelante en un interminable vuelo rasante y con la moto siguiéndome de cerca, en una loca carrera por darme alcance.

Algo cambió mi percepción en ése momento. Todo sucedía con una lentitud pasmosa, angustiosa. A cámara lenta… lentísima.
Y mi mente se dividió en dos. Dos mentes simultáneas, individuales y distintas. Sin conexión aparente una con otra. Como en un doble diaporama… dos conciencias en una sola.
Una analizaba la escena… fría, sin prisa, con expectación, esperando el siguiente golpe mientras acudían pensamientos a ráfagas; “si me alcanza la moto estoy listo”, “si toco con la cabeza el suelo se acabó”, “hasta ahora no parece que lleve muchos daños, sólo rasguños”, “con un poco de suerte…”
La otra detuvo el mundo a su alrededor.
Desaparecieron el tiempo y el espacio y me vi contemplando escenas de mi vida pasada. No había miedos, sólo un lento transcurrir.
Debieron desfilar a una velocidad pasmosa o puede que me llegasen todas al mismo tiempo, difícil de precisar, pero cada una de las escenas se detenía ante mí, dándome tiempo a comprenderla para desaparecer una vez asimilada y dar paso a la siguiente.
En alguna se me daba a conocer su consecuencia posterior.
Unas las tenía olvidadas hacía tiempo, alguna la llevaba más fresca en la memoria. De otras no tenía recuerdo.
Pero todas tenían algo en común; eran los hechos que habían cambiado mi vida. Las decisiones que un día tomé y que cambiaron mi rumbo posterior.
Mis actos vitales. Mi libre albedrío… si es que eso existe.
Lo más curioso; no eran hechos importantes, sino actos insignificantes que rara vez quedan en la memoria.

Ya en el suelo, inmóvil, las imágenes iban desapareciendo de mi recuerdo a la misma velocidad a la que volvía la realidad. Unos obreros de una fábrica cercana llegaron para socorrerme. La lucidez tardó en llegar. Más por la presencia aún fresca de la experiencia que por los golpes.
El único recuerdo que me quedó finalmente fue el último, el último acto causante de haber cambiado el curso de mi vida: una patada a un bote. ¡Qué golpe para mi vanidad! El acto más importante que podía recordar de mi vida se reducía a una simple patada a un bote. Un miserable bote vacío. Vacío como mi vida...  pensé.