Cernunnos.

Siguiendo el estrecho camino, siempre bordeado de verde y flores, se llegaba a la linde del bosque. Custodiaba la entrada una virgen negra que, con cabeza gacha y ojos oscuros y profundos, examinaba al visitante escudriñando sus intenciones, mucho más allá de la simple piel. A sus pies, un manantial de agua clara y fresca brotaba de la tierra, también negra. El agua, formando un reguero, se perdía cantarina cuesta abajo, como para dar de beber a un mundo triste y sediento, pensó. Al adentrarse, los cuervos le miraban curiosos desde sus atalayas, y se hacía un silencio apacible y arcaico que sólo osaban romper los moradores de aquel bosque, como siguiendo reglas que nunca nadie impuso pero todos conocían. El crujir de las hojas secas al pisarlas rompía el sosiego.
Procuraba no tocar el suelo al caminar, no tener peso, para no delatarse. Aprendió a pasar corriendo sobre una superficie de agua, o de hojas secas, sin apenas hundir los pies unos pocos milímetros. Se sentía ingrávido… tanto que a veces temía que una ráfaga de viento pudiera llevárselo lejos. Se le iluminaban los ojos con ésa idea. Saludaba a los viejos árboles rozándolos con la mano al pasar, y a veces, se detenía y los abrazaba. Tenían un tacto firme y cálido, y una extraña vibración. Parecían velar por los moradores del bosque. Solía subirse a sus ramas, acariciar el muérdago que crecía entre ellas, tripulante siempre verde, parásito consentido y por algún motivo símbolo de masculinidad, que según los antiguos, no pertenece ni a la tierra ni al cielo, ya que no toca el suelo ni flota en el aire porque permanece estático entre ambos mundos. Los druidas lo usaban en sus pócimas para volverse invencibles… e invisibles. Para convertirse en sombras. 
Avanzada ya la tarde, y en ese momento de transición entre la luz y la penumbra, él era el invitado del bosque. Lo notaba dentro. Le estaba permitido deambular sin rumbo por ese nuevo universo hasta la llegada definitiva de la oscuridad. Y por unos momentos… se hacía sombra. Y como tal, fue adentrándose más y más en las profundidades de aquel mundo cambiante y siempre nuevo. Llevaba un andar rápido, casi a la carrera, levantaba mucho los pies para no tropezar, la mirada horizontal buscando grietas entre el ramaje, para no tener que detenerse.

Al llegar a un pequeño claro detuvo su carrera, más para orientarse que para recobrar el aliento. Una extraña euforia le dominaba… pero estaba completamente desorientado. Nada de aquello le era familiar, y ni rastro del camino. La oscuridad caía imparable, pero no sentía miedo.

De pronto, casi en silencio, a escasos metros de donde se encontraba... el señor del bosque salió de entre las sombras, lento y majestuoso, enorme a sus ojos. Por un momento pudo ver cómo la floresta le abría paso. Y el extraño brillo de sus ojos, calmos, como el del que pasea por sus dominios haciendo un recuento rápido y visual de lo que es suyo, con la certeza de que todo está en su sitio.

El enorme ciervo se paró un instante, le miró sin interés, como quien mira un animalillo cualquiera, y reanudó su marcha cruzando el claro, perdiéndose entre la vegetación. Cuando pudo reaccionar, se lanzó tras él. Atravesó rápidamente los matorrales, pero había desaparecido, sin dejar rastro… y se dio de bruces con el camino de vuelta. Cernunnos le había salido al encuentro, no había duda.

Intramuros.


Se mudaron unos kilómetros más al norte, a los pies del castillo local. Una enorme mole de piedra edificada sobre las ruinas de otros castillos más antiguos, como una gran verruga de roca renaciendo una y otra vez de sus cenizas y de la que la tierra pareciera no poder librarse. Ciclópeo y tenebroso a los ojos del niño, se erguía todavía orgulloso a pesar del visible deterioro que la intemperie, impasible, le producía. Se contaban oscuras leyendas sobre lo que ocurría entre sus muros. Como buena parte de los castillos, también fue prisión un tiempo, y los gritos de los inocentes resonaban en su imaginación cuando jugaba frente a sus puertas; como alaridos infernales clamando justicia cuando les daban tortura… o como lamentos ahogados cuando se pudrían sus cuerpos y sus mentes en aquellas húmedas mazmorras.
Siempre tenía cerradas sus puertas, quizá para no dejar salir la maldición que encerraban sus muros. Cierto día tuvo la ocasión de recorrer aquellos pasillos, junto a un reducido grupo de visitantes, no recordaba muy bien porqué. Agarrado a la mano de su padre, con los ojos muy abiertos, vigilaba lo que los otros no podían ver. Le aterraba… y le fascinaba. Cada rincón, cada objeto, y no es que hubiera muchos, le contaban una intensa historia ya olvidada. Aquellas enormes salas, con sus vitrales como ojos, fríos e inexpresivos, imponían silencio. El silencio de la injusticia, el del poder desmedido. El de los muertos. Los cuervos habitaban sus tejados. Y el silencio sus salones.
Interminables pasillos flanqueados por cerradas puertas, le hacían mirar de reojo a ambos lados, esperando que de un momento a otro pudieran abrirse y dejar salir a algún inquilino de los infiernos.
Las mazmorras eran pequeñas y frías, oscuras… goteantes, tan lejos de la superficie, que desde ahí abajo se diría imposible volver a ver la luz del día. Unas pobres bombillas de luz amarillenta parpadeaban aleatoriamente, dando vida a seres imaginarios y huidizos de los que sólo se podía adivinar su sombra. El aire llevaba siglos muerto. El niño notó como aquella masa estática se movía perezosa al ser perturbada, provocando la fuga de aquellas extrañas sombras hacia el siguiente oscuro rincón en el que ocultarse.  Le vino a la memoria una vieja historia de torturas medievales, tan tangible ahora que le aterraba: Se lapidaba al condenado, inmóvil, en el hueco de un muro, con una gota de agua permanente cayendo sobre su cabeza. La sinrazón no tiene límites.
Al volver a ver la luz del día, dejó de apretar con tanta fuerza la mano de su padre, que le observaba de reojo con una oculta sonrisa, como siempre.
A partir de esa visita, las piedras fueron más amables, las ventanas menos amenazantes, las sombras más próximas. Una extraña simbiosis se había producido. Para vencer a los fantasmas puede que debas ir hasta su casa.
Soñó muchas veces con aquellos pasillos, y solo perturbaba su sueño el temor, siempre presente, de que aquellas cerradas puertas pudieran abrirse. 

El diario.


Ramón llevaba toda su ilusión bajo el brazo cuando fue a entrevistarse con aquél tipo, cura para más señas, y eje en torno al cual giraban el bien y el mal en aquella pequeña ciudad de provincias. Hacía escasos meses que la guerra había terminado, y allí, si no fuera porque las sirenas que anunciaban los bombardeos habían enmudecido meses atrás, no se notaba diferencia alguna. Por las calles, las miradas altivas y desafiantes de los vencedores contrastaban con los andares cabizbajos y las tímidas miradas furtivas de los vencidos, cargados con el miedo a cuestas del que se sabe victima fácil.
Ramón terminó magisterio un mes antes de estallar la contienda, y gracias a un amigo de la familia, pasó la guerra en el hospital, enseñando a leer y a escribir a los analfabetos heridos.
Ramón no tenía ideales políticos. Tampoco los necesitaba. En su acomodada familia de clase media, siempre le inculcaron que lo que forja al individuo es su cultura, que los ideales políticos son cosas que van y vienen, y que cambian según el capricho de los vientos y del imbécil que esté al mando en ese momento.
Y creyendo en la magnánima y equitativa justicia de la iglesia, así se lo dijo al cura, sin saber que tenía más ínfulas de gobernador que de religioso, ni que regentaba múltiples negocios, ni que era asesor a tiempo parcial de caciques locales, y a tiempo completo de jerarcas del régimen… hasta juez si le daban la oportunidad.
“Fue mi primer error”, me confesó. 
De inmediato acudieron a mi cabeza recuerdos recientes de mi servicio militar, donde me encontré con algún que otro capellán, luciendo orgulloso en la pechera las estrellas de coronel, y al que había que hacer el saludo reglamentario si no querías tener problemas…
Pero el cura, echándole de malos modos de aquél despacho con pinta de cancillería, le gritó que allí no se atendía a indefinidos, que la gente de bien sabía perfectamente cuál era el único bando que disfrutaba del beneplácito divino y que mientras él pudiera evitarlo, no daría clases en ningún colegio de aquella comunidad.
Y empezó el calvario. La familia acabó con lo poco que pudieron conseguir malvendiendo las escasas joyas de la herencia y Ramón daba clases particulares donde podía, siempre bajo la mirada vigilante de aquél cura con ojos de halcón. Obligados, vendieron la casa del pueblo.
Pero el tiempo pasaba y la situación no mejoraba. Ramón intentó volver a entrevistarse con el cura-gobernador pero éste no quiso recibirlo. Ni siquiera tuvo éxito probando en otra ciudad; al buscar referencias se topaban con las amenazas del párroco y le cerraban las puertas. Al igual que la vieja torre del campanario, aquella oscura figura de nariz aguileña lo dominaba todo.
Ya sólo quedaba una salida para sobrevivir, y aunque Ramón siempre se había negado a deshacerse del tesoro heredado generación tras generación, empezó a sopesar muy seriamente la posibilidad de venderlo. Y tanteó el mercado con cautela. Se fue a Madrid y se puso en contacto con un experto.
El anticuario no daba crédito a lo que tenía ante sus ojos. ¡Aquello era algo que sólo ocurría una vez en la vida!
Acordaron ser lo más discretos posible, los buitres del régimen no dudarían en usar cualquier estrategia con tal de hacerse con aquél tesoro.
Un mes más tarde recibió un telegrama del anticuario: Tenían comprador. Un millonario americano lo quería a cualquier precio. Acordaron una cita.
Se vieron en la cafetería de un hotel de lujo en Madrid. El tipo estaba fascinado; los ojos como platos, la sonrisa le había quedado fija y en su paupérrimo español no hacía más que repetir; “¡Marrabilioso!”.
Pasaba las gruesas páginas de pergamino con cautela, ante la atenta mirada de Ramón, que le miraba como el que mira a un niño al que acaban de dejar una delicada copa de cristal de bohemia, para que juegue un rato.
El yanqui se fue, absorto y con la sonrisa aún puesta. Bajo el brazo, el maletín que contenía el diario de a bordo de Juan de la Cosa, navegante y cartógrafo de Colón… entre otros.

Ramón y su familia pudieron vivir unos años con aquella pequeña fortuna, hasta que el cura “pupas” fue por fin expelido de este mundo, dando paso a la llegada de nuevos tiempos.



A Ramón. In memorian.
Y a todos los Ramones del mundo.