El color blanco

A primera hora, se puso en camino. Durante los quinientos kilómetros siguientes no pudo dejar de pensar en Juan. En su vida, en sus errores, en su valentía, en las veces que lo echó de menos a pesar de los pesares. Le habría servido de contrapunto para equilibrar un poco las ominosas influencias de Julia. Influencias… pensaba, necesarias, pero perversas… porque al absorberlas, nos vamos empapando de una descripción de lo que vemos, de lo que percibimos… que no es la nuestra. Pero no hay otro modo de aprender. Y con ésa premisa, nos convertimos en el reflejo de lo que son los que llegaron antes que nosotros, contaminándonos con su visión del mundo, con su interpretación de las cosas, como antes otros hicieron con ellos… sin posibilidad alguna de escape. 
En la radio, King Crimson dejaba escapar las primeras notas de su “Epitaph”… «Confution will be my epitaph…». Sí… la confusión sería su epitafio, pensó.

Le vino a la memoria aquella mañana ya tan lejana, en París, cuando le llevaron a visitar a su padre, en una blanca habitación de hospital. Blanca como la muerte. Porque la muerte viste una túnica blanca… el color del final, helado y sin vida, el más frío de los colores… tan aséptico que no parece compatible con la vida. Juan, con la cabeza vendada, intentó incorporarse al verlo entrar. Gritó su nombre entre sollozos… él… que tenía los lacrimales secos desde que le arrancaran de brazos de su madre. Inmediatamente giró la cabeza hacia la ventana, para que no le vieran llorar. Guillermo se le acercó confuso. Quería decirle que también tenía ganas de llorar pero no lo haría… porque él mismo le había enseñado que los hombres no lloran… quería tranquilizarle, decirle que los hombres, en ocasiones, pueden llorar, porque el llanto, aunque sólo sea auto-compasión, sirve para aliviar presiones, y a veces… acerca. Sus cuervos se lo habían dicho. Pero no dijo nada.
Quería escapar de allí… montarse a horcajadas de ese soplo de aire fresco que entraba por la ventana recién abierta y, cerrando los ojos, aparecer en su bosque… y al abrirlos de nuevo, todo habría sido un mal sueño.

Llegó a la hora de comer. Lo recibió Mireille, con una triste sonrisa. Lo abrazó. Sus ojos, hinchados, seguían despidiendo la misma ternura, a pesar de la edad.
«Ya no está… esta noche entró en coma y se fue esta mañana temprano» le dijo casi al oído y sin dejar de abrazarlo, con la voz entrecortándose por un sollozo contenido.
Había más gente en el salón, pero no vio a nadie, en su cabeza sólo estaban él y su padre, cogidos de la mano, recorriendo los interminables pasillos del castillo, explicándole apasionantes historias sobre aquella morada de nadie.
Y todos los recuerdos de su vida acudieron en tropel; holgados, dulces, duros, amargos, felices, hirientes, placenteros…
Mireille lo llevó hasta la habitación, como flotando. No quería ir, pero no tenía fuerzas para oponerse. El pasillo se le antojó larguísimo y durante un instante, creyó que lo encontraría con la cabeza vendada, semi-recostado en la cama, como en París.
Pero lo encontró tendido, plácido. Con su ondulado pelo gris recién peinado, vestido con traje también gris… él, que odiaba los trajes y todo lo que fuera gris. Cosas de los vivos, pensó, que hacen su última voluntad con los muertos aprovechando que éstos… ya no pueden expresar ninguna, como con los epitafios. 
Le habría apetecido sonreír, vomitar algún comentario sarcástico echando mano de esa ironía tan suya, en un desesperado intento por restar importancias, pero le inundó un torrente de emociones que pareció cebarse en sus ojos, agolpándose, chocando una con otra, desde algún punto entre su estómago y su pecho, incontenible… y lo desbordó… y después de tantos años lloró por fin, como un torrente… por Juan, por Julia, por Mireille, pero sobre todo por él mismo… por su fragilidad, porque ya no podría volver a sentirse orgulloso paseando a su lado, porque no le había esperado para despedirse, porque era su padre y un padre no puede abandonar a su hijo, porque esta maldita vida no es justa, por…
Y quedó vacío.
Y así estuvo, durante un tiempo… vacío, inmune a los estímulos externos, vagando errabundo por las calles de su vida. Y escribió:

La muerte debe ser el estado natural de las cosas. Su equilibrio final.
Si pudiera mirarla de frente, directamente al infinito de sus eternos ojos vacíos… si fuera capaz de soportar su mirada durante un solo instante, si tuviera la desesperación necesaria para asirme con fuerza a este mundo y no ser absorbido, disuelto, aniquilado... vería sin duda esa luz portadora de proteínicas moléculas de vida y mentes... llegaría a percibir esa explosión infinita, expansión última e incomprensible que acabará conmigo en un lugar inexistente, esa Luz cegadora más allá de cualquier color, que en un estallido atemporal, desplazará todo lo demás y me dejará ciego, sólo, desnudo más allá de los huesos… ante La Nada.
Y mi vanidad, contraída hasta lo imposible… será destruida, fusionándome con todo lo que fui, lo que soy, lo que seré… y no quedará nada.


Pero el tiempo, arrastrándose lento… puso las cosas en su sitio. Y la vida, una vez más, siguió inalterable su curso... como si nada tuviera importancia.

Errores

Años atrás no podía evitar fijarme en las caras de las gentes. En las calles, en los bares, en las tiendas… las había con todo tipo de huellas, pero existía una que resaltaba sobremanera, no por su número sino por el acre rastro que iban dejando… unos rostros marcados y amargos: los de la derrota.
Suelen ser fáciles de identificar porque sus facciones llevan impresas unas arrugas únicas, unos pliegues con no sólo la impronta del paso del tiempo, también llevan los surcos del fracaso sin paliativos, una maldita huella dactilar tatuada por la mano invisible del destino, en un intento quizá de hacerla rebotar en el espejo y producirte un grito terrible y sofocado cuando, ya sin fuerzas, te mires en él… El oscuro lamento del ahogo.
Entre el trasiego de gentes existente en mi calle, ya me había fijado alguna vez en una mujer que siempre llevaba de la mano, agarrado con fuerza, a un chaval de mirada extraviada, alto y fuerte, puede que de unos veinte, que andaba tambaleante y profiriendo fuertes alaridos, guturales y sin sentido.
El chico sin lugar a dudas padecía alguna especie de grave desconexión mental, de nacimiento posiblemente. A la mujer, de corta estatura, y de unos escasos cuarenta, le costaba un terrible esfuerzo mantenerlo a raya, como tratar de llevar de la mano a un oso desbocado y caprichoso.
Los viandantes solían mirarlos curiosos, con cierto aire de compasión, y le abrían paso para no entorpecer, pero sobre todo, por miedo a esa especie de monstruo de reacciones imprevisibles…  aislándola aún más si cabía…
En uno de esos «paseos» que ambos solían dar, el chaval dio un tirón del brazo que la madre sujetaba y la pobre mujer, como un muñeco, salió despedida contra los contenedores de basura. La levanté del suelo.
« ¿Se encuentra bien?» le pregunté preocupado.
La mujer, con una ortopédica sonrisa, respondió;
«No, no me encuentro bien, hace ya muchos años que no me encuentro bien…» respondió sin ninguna emoción.
Me llamó la atención lo que esa mujer llevaba grabado en el rostro. Tenía los ojos hinchados, pero no era de llorar, dejó de hacerlo hacía mucho, ahora estaban secos… de no dormir, de no vivir, de ansiar una muerte que nunca llegaba. Lucía una cara llena de moratones… y los brazos, y las piernas… y el alma… Y ya no sentía dolor.
El chaval se había parado frente a una papelera y la zarandeaba entre gritos, amenazando arrancarla.
Yo la seguía sujetando del brazo, cuando, en un ataque de lucidez quizá, o por la proximidad que durante un instante sintió hacia mí, estalló en un extraño llanto y agarrándome por la camisa, me gritó entre sollozos;
«Ya no soporto esto más… quiero matarme… matarle a él primero y después matarme yo… ya no soy capaz de vivir así…»
Sentí de inmediato toda su carga… como una losa, y deseé que aquel error de la naturaleza desapareciera, para dar sosiego a sus almas inocentes y atormentadas.
El chico ya había arrancado la papelera y ahora andaba tambaleando el poste que antes la sujetaba. La madre me soltó y se dirigió hacia él, en un intento de impedir que hiciese más daño. Por el camino se giró y me lanzó una extraña sonrisa. «Gracias» dijo.
Y entre bramidos y empujones, desaparecieron calle arriba.
Me quedé preocupado con aquella sonrisa. No los volví a ver.


La naturaleza está llena de errores.

Sobre la fe.

La fe no tiene argumentos, sólo es una pauta creada por la cultura y alimentada por el uso, a veces por el miedo. Se mantiene en forma de diálogo interno y repetitivo, y por esta razón, nunca se llevó bien con la ciencia. Pero es comodísima… las incógnitas existenciales te las da ya resueltas. Y en cierto modo, minimiza los miedos.
Suele confundirse ese diálogo interno y machacón con alguna especie de vida interior, repitiéndose una y otra vez las mismas letanías.
Los que no la tienen muy activa, se vuelcan en el exterior, dedicando su existencia a cualquier cosa que tengan a mano, a veces de un modo frenético, errático otras, buscando de este modo algo que llevarse dentro, en un intento por suplir sus carencias.
Los que la tienen demasiado activa, necesitan sacar la cabeza de ese mundo interno suyo de cuando en cuando, y buscar fuera un punto de referencia al que poder asirse, aunque solo sea momentáneamente, para no perder de vista la perspectiva de las cosas. Una vez logrado, suelen seguir con su hibernación intermitente.
Ambos terminan por tanto, creándose mundos paralelos... a medida. Los primeros, buscando los ingredientes fuera, los otros, creándolos dentro.
Si pudiéramos observar los extremos opuestos de una aparente línea recta, veríamos como al final… se juntan. No hay duda; el universo debe ser esférico.
El equilibrio, de existir, reposa en algún punto intermedio aún por descubrir…

O todo lo contrario.