Tinieblas

Hace un tiempo, leía en alguna parte que los niños en los orfanatos de China y Rumanía, reciben como única atención el alimento y poco más. Muy poco más. Como pollos en una granja.
Contaban que al cabo de unos meses, los más pequeños perdían todo apego por lo que les rodeaba, no quedando de ellos más que una mirada vidriosa y fría, fijada permanentemente en la luz que entraba por los ventanales.
La luz como vía de escape, la luz como huida de las tinieblas emocionales, que son las más oscuras de todas las tinieblas… unas oscuridades en las que su propio llanto les es devuelto hueco y aumentado, hiriente, como sólo la más absoluta de las soledades puede herir.
No hay una caricia, una palabra dirigida, aunque sea en un tono muerto, no existe una mirada que no sea mecánica, la piel no transmite, porque el tacto se da -cuando se da- a través de unos neutros guantes de goma… porque no está la sonrisa que hace sentirse parte, porque no se sienten brazos que cubran, que aíslen del terror incomprensible del mundo que envuelve amenazante…
Ni siquiera unos breves segundos de atención, suficientes posiblemente para sembrar la semilla de la que crecería, poco a poco, esa capacidad emotiva que parece ser la causa y el efecto de vivir.
Tan terrible maltrato, les condena al autismo más profundo, al no encontrar esas pequeñas mentes una razón para seguir. Derrotados nada más pisar la vida.

No se aprende a través de la palabra en sí, ni del hecho… lo que se nos queda grabado, lo que nos forja como individuos, es la emoción que llevan impresa... esas pequeñas dosis de sentir adheridas a palabras y hechos, a situaciones y escenarios, unas pequeñas chispas que unas veces ni recuerdo dejan, y otras vienen como una onda imparable que haría crujir una montaña.
Los sentimientos son el verdadero sustento. Sin ellos no hay aprendizaje, sólo rendición.
Probablemente sea esa la 'materia' de la que estamos hechos.

Lo demás… solo relleno.

Aguilas

Parece ser que las águilas, o al menos algunas especies, pueden llegar a vivir 70 años.
El problema es que, según dicen, a los 40, el pico les ha crecido ya de tal modo que les resulta imposible alimentarse.
Para seguir comiendo, deberán rompérselo contra las rocas y dejarlo crecer de nuevo en un proceso incierto y doloroso, imagino, que durará meses y que puede costarles la vida. No todas lo consiguen. De hecho… no todas lo intentan. Puede que sea cobardía, cansancio o simplemente falta de horizontes. Decidir nos hace libres, ahí radica lo único interesante que poseemos: el libre albedrío. El escenario, de ser otro, nos transformaría por completo.
La otra opción sería “vegetar” mansamente alimentándose de insectos… hasta que el cuerpo aguante. Vida contemplativa sin el estrés de la caza… y sin su aliciente.
Hay muchas épocas críticas en la vida, no sólo para el águila.
Se van perdiendo ilusiones y las expectativas empiezan a escasear. Es entonces cuando acuden las preguntas, los replanteamientos, aunque no siempre sean llevados a término, los intentos de cambio de rumbo, y el repaso de los errores… los que seamos capaces de identificar, claro. Y en el horizonte… bruma. Espesa e incierta.
Nunca son fáciles las transiciones. Si deseas vivir, tienes que intentarlo, sin pensar demasiado en resultados. Y ten en cuenta que cualquier decisión puede ser un error, pero tienes que tomarla. En realidad, la mayoría de nuestros actos son errores estratégicos, pero si lo pensamos detenidamente, eso es lo que hace de la vida algo mínimamente interesante. Qué aburrimiento si no cupiese el error…
No voy a dar soluciones, no las hay, cada camino es personal e intransferible, sólo intento establecer una analogía entre dos existencias aparentemente tan dispares… lo animal y lo humano. Y no veo tanta diferencia. En cualquier caso, los insectos también son proteínas. Igual terminan gustándote…

Hale… a comer bichitos.