Polvo de estrellas

Encendí un cigarrillo y me fui alejando lentamente de las luces de la casa… y del vocerío, hasta convertirlo en un murmullo lejano y soportable. La bóveda, con una profundidad extrañamente tridimensional, negra y salpicada de mundos, captaba toda mi atención, haciéndome tropezar con los pequeños obstáculos del terreno, al ser incapaz de apartar la vista de las alturas. Poco a poco, el griterío fue tornándose más débil, y ocupó su lugar el chirrido agudo y burlón de algún que otro grillo que sonaba aquí y allá, a intervalos.
Doblé una pequeña loma, ocultando por completo las lejanas luces de la casa, y toda la magnitud del minúsculo trozo de universo que tenía delante se hizo ver.
Un cometa dibujó una breve estela, puede que señalando algún oculto destino, para desaparecer con rapidez antes de tocar el horizonte… y otro… y otro más. Fin de viaje, pensé, miles de años de solitario camino… viajeros esquivos, testigos mudos de infinidad de ciclos de creación-destrucción, posiblemente hasta heraldos portadores del germen de la vida, para un milagro químico quizá sin precedentes, pero sin duda… espectadores indiferentes en un cosmos siempre diferente.
Me apoyé en la roca que tenía a un lado y dejé escapar los pensamientos… tal vez zigzagueando entre los astros me fueran devueltos más iluminados, menos humanos…
Me concentré intentando frenar cualquier diálogo, en atenuar barreras entre esa eterna inmensidad y este minúsculo lapso de tiempo de aquí abajo, me esforcé por captar la música de las esferas, por ver si me llegaba alguna nota… pero la materia posee una contundencia feroz… y algo me rozó el tobillo haciéndome saltar de lado.
El universo se esfumó… mi diálogo regresó fortalecido, trayendo consigo parte de esos miedos que uno intenta dejar por el camino.
Era un búho. Y arrastrando un ala, me miraba con ojos desorbitados, como incrédulo…
Estaba herido, y ya no tenía miedos. Tal vez pensó que era una magnífica noche para completar el tránsito. Luchaba por mantener sus enormes ojos abiertos… de vez en cuando giraba la cabeza y miraba mi pierna, después volvía a mirar de frente, entrecerrando los ojos… sin ver.
Volví a mi posición inicial. Pero continuó impasible. Me quedé un rato largo allí, haciéndole compañía, no había prisa… ni me atreví a tocarlo, él tampoco a moverse, quizá no podía. Le hablé. Le dije que no tuviera miedos, que todos los faros estaban encendidos esa noche, que la navegación sería más amable. Absorto en sus recuerdos, no se inmutó.

Encendí otro cigarrillo. Un día de estos debería dejar de fumar, pensé…