Cuento de otoño.

Llegó a su pueblo con la caída de las primeras hojas, como un presagio.
A través de los sentidos, absorbió con avidez los olores del otoño, de los humos casi perfumados de alguna quema de rastrojos. Evocó siluetas de calles y casas, y a pesar de estar todo cambiado, las sobrepuso a las grabadas en la memoria, como un calco, e intentó traer el pasado.
El suave murmullo del viento arrastrando la hojarasca, le hizo cerrar los ojos. Los recuerdos acudieron en tropel; el olor a pan recién hecho, las nevadas del invierno, los juegos en el arroyo…
Abrió los ojos y se acercó al río.
El otrora lecho de musgo y piedras, había dado paso a un insulso canal hormigonado. El estéril cemento, dictaba la dirección de las aguas, ahogándolas sin ruido, sin esperanza.
Al fondo, un débil hilillo corría prisionero y a desgana vertiente abajo. Se diría cansado, moribundo, deseoso de encontrar un hueco en el que expandirse en remanso, y dar cobijo a ranas y verdor… como antaño.
Una solitaria libélula azul volaba aquí y allá, sin saber muy bien qué buscaba. Como él mismo.
Las calles eran otras. Ni rastro del antiguo empedrado, cubierto ahora por una capa de gris asfalto, como en todas partes.
Las viejas lámparas colgantes, con su tenue luz amarilla, aquellas que daban vida a las sombras con su continuo balanceo, también eran otras, ahora inanimadas y estáticas, como en todas partes.
La arboleda, a un lado, era otra. En su lugar, unas decenas de pareados se erguían vencedores, sobresaliendo orgullosos sobre unos pocos árboles supervivientes… como en todas partes. 
Le vino la imagen de su casa. La vieja mole de piedra y hiedra, testigo mudo de tantas generaciones… pero no la encontró.
Un pequeño edificio de viviendas, de ladrillos rojos y monótonos, ocupaba su lugar. Unas pocas macetas suplían la hiedra.
Quedó parado frente a la casa, con la creciente impresión de que nada de aquello tenía ya que ver con él.
Pensó en lo que tenía… sus hijos, sus amigos, su trabajo. Todo le pareció más suyo que nunca. Y se puso a enterrar enmohecidos sentimientos evocados... y a los muertos.
Sintiéndose más indiferente, se dijo que si partía ahora, aún llegaría a casa a la hora de la cena.

Volviendo sobre sus pasos, fue en busca del coche, y con una última mirada… dejó todo donde estaba.



La huida.

Empezó a invadirle una extraña certeza, como de algo acechando, una sombra quizás, incierta y fría. La sintió tan cerca que abrió los ojos. Y apartando el resguardo de sus tibias sábanas de morfina huyó, aún sabiendo que toda huida sería inútil.
Las calles desiertas, sin ecos, un extraño sol blanco bañándolo todo quitándole relieve a las cosas. Aceleró el paso, desconcertada. Nadie que la guiara.
Sin aliento, se apoyó en una pared de ladrillo que desapareció a su contacto, y cayó de espaldas en un agujero oscuro y profundo. 
El descenso se le hizo eterno. Las paredes estrechas, húmedas y blandas… vivas, tan sofocantemente cálidas que la ahogaban, y reaccionaban a su contacto al intentar asirse a sus rugosidades, encogiéndose, lamentándose.
Deseó que la eternidad no fuera tan angosta.
Sin previo aviso, tocó suelo. Miró hacia arriba. Donde debía estar el útero de su caída… sólo cielo, antojadizo e irreal, de colores cambiantes; ahora verde, ahora rojo, luego amarillo. De frente, una senda se perdía entre los árboles. Todo adquiría tonos variables según dictaba el capricho del cielo. Los árboles, a los lados, se giraban a su paso. Lo que la perseguía le lanzaba su aliento en la nuca, e iba dejando tras de sí un rastro inequívoco. Las hojas caían, cubriendo el camino, y el cielo se tornaba oscuro. Pero desandar ya no era posible.
La arboleda y el camino cesaron de pronto. Y se encontró en un páramo infinito. Diríase el lugar de destierro de los réprobos… ni una piedra, ni una sombra, nada con lo que guarecerse. Como única siembra, multitud de huesos fragmentados, de tamaños desiguales, deshechos y frágiles que, a su paso, crujían sin emitir quejido. Pequeños remolinos levantaban un polvo eterno.
Pensó en los suyos. Algunos, por un tiempo, quedarán perdidos cuando se vaya… sangrando por una herida que intentarán taponar con unas manos insuficientes, de entre los dedos, escapándoseles a borbotones, lo que les mantiene erectos.
Para otros… sólo olvido.
Ya no servirá a nadie este aliento perdido. Y aquella irremplazable sonrisa marcada en la retina, ya no podrá detener el tiempo, ni su mirada alumbrar más pasos, ni el abrigo de su piel cubrirá cuando arrecie el viento frío.
Quizá ya nunca haya vientos fríos.
Tanto espacio alrededor… le cuesta, le abruma, le da escalofríos.
Cuantas cosas por hacer… o cuan pocas. ¿Habrá servido a alguien su trasiego?
Ya no sintió nada tras ella. A lo lejos, en el confín del horizonte, tan distante y tan cercano… la vio. Incluso desde esa distancia podía ver su ojo implacable.
La sombra, sin forma definible, de transparente relieve, emanaba un pulso medido, hiriente. Ni el estallido de mil volcanes podría haberlo disipado.
Sintió la onda atravesarla, despojarla de cualquier pliegue. Cada latido arrastraba consigo la vida misma, barriendo la materia, y la volvía más débil, más anciana. Ya no había tiempo para lamentos… sólo verdad desnuda.
Se dirigió hacia ella, sin fuerzas, sin voluntad.  
Al llegar a su lado, la envolvió, como el fuego envuelve un fardo de paja, consumiéndola.
Dolor. Desgarro. La piedad es un regalo del hombre.
Fue disolviéndose sin prisa, y de su cuerpo, centenares de pequeñas mariposas blancas escaparon, revoloteando un tiempo en un lugar sin tiempo.
Un remolino errante se las llevó lejos.
Y mientras se disolvía, de su interior se desplomaron como fardos alegrías y tristezas, sueños, anhelos, frustraciones… y quedaron tendidos sobre el polvo.
El sueño del páramo, con el dolor de millones de existencias y un ansia monótona, los absorbió de inmediato, como una esponja voraz y asqueada.
En una postrera burla a la sombra, al páramo, a la nada y a sí misma… soltó la última sonrisa, irónica y burlona. Ya no había deudas.
Y sólo quedaron huesos… frágiles y quebradizos.


A Charo. Donde quiera que esté.