Esperando en vano.

Sin pretender entrar en detalles históricos, que doctores tiene la iglesia, cuando llegaron al sur los primeros de que se tiene noticia, esto ya estaba habitado por otros más madrugadores.
Aún a pesar de los tartesios, los llamados fenicios fundan importantes enclaves comerciales; Gadir, Onuba o Malaca, entre otros. Y se quedan.
Más al norte, y más o menos por la misma época, entran los griegos. Tampoco están solos, los íberos ya eran viejos habitantes del lugar. Y seguramente algún que otro celta. Y para no ser menos que los fenicios, erigen Emporión, Rhodes y Akra Leuké, por citar alguna de las más importantes. También se quedan.
Unos pocos siglos después vuelven los fenicios, esta vez convertidos en un imperio y más poderosos que nunca: Cartago. Someten buena parte del litoral mediterráneo y fundan Qart Hadasht. Otros que se quedan.
Y aparecen los romanos.
Desplazan del poder a los anteriores y conquistan todo lo conocido, cambiando por completo la faz de Iberia. Y de mucho más allá. Contar aquí los resultados sería interminable. Y claro, estos también se quedan.
Pero tal como dijeron los indios americanos a los primeros colonos; “sólo las piedras son eternas”, y poco a poco, la decrepitud del imperio y las hordas bárbaras los disuelven en el tiempo.
Ahora les toca a ellos, a los bárbaros. 
Y entran en tropel; vándalos, suevos y alanos, godos, visigodos y ostrogodos. Y sí, se quedan, pero traen consigo la cultura de la guerra, y se enzarzan en interminables trifulcas entre ellos, menospreciando por completo a los nativos, lo que les cuesta la más absoluta indiferencia por parte de éstos cuando el Islam invade Iberia. Total… ¿dónde está la diferencia en que te pise una bota bárbara o una babucha musulmana…?
Y los musulmanes se lo quedaron todo. O casi. Inútil extenderse sobre sus logros y fracasos, sobre eso ya han corrido ríos de tinta. Y cómo no… se quedaron.
A partir de ahí, una sucesión de reyes nefastos en unos casos y patéticos otros, muchas veces marionetas de una Iglesia con una codicia inabarcable, o del iluminado de turno, o movidos por intereses y venganzas personales y sin la más mínima noción de economía o de estrategias, fueron convirtiendo este país en un cortijo, propiedad de unos pocos, para la desesperación del resto, y con la mentira como lema… hasta llegar a nuestros días.
Y llegan los tiempos modernos con la lección bien aprendida. La mentira como herramienta.
Mentiras históricas, mentiras sociales, mentiras culturales, mentiras con las que se nace y que, con la estrategia de la insistencia, se convierten en acervo.
Si el engaño fuera un virus que atacara a quien lo usa, la vida de la mayoría de los políticos habría sido breve.
Los árabes dejaron muchas cosas, sin duda, pero una prevaleció por encima de las demás, un ansia sin límite: el califato. Esta maldita herencia nos perseguirá hasta el final de los tiempos. Imposible ponerse de acuerdo en un país en el que todos quieren ser califas. Como muestra… las autonomías.
Con toda esta amalgama de razas y culturas… ¿a cual de ellas se refieren cuando hablan de identidad propia?
Mejor elegir un momento histórico a medida y, eso sí, convenientemente manipulado, y hacerlo suyo. Siempre en interés de unos pocos.
Esperamos en vano, éstos… tampoco se irán.



Paseo.

Amanece. La noche, sin ruido, se retira, arrastrándose por un suelo mojado.
Un sol de mirada oblicua se alza sin apremios.

La humedad nocturna, cargada con su oculto embrión de vida, alimenta en secreto la tierra: “Su padre es el Sol, su madre la Luna. El Viento lo lleva en su vientre y la Tierra es su nodriza”, revelaba Hermes.

El universo debe ser una idea. Y su creación, una ecuación numérica. Para el que tenga dudas… los fractales de Mandelbrot. Platón ya estaba enterado.
¿Existirá por tanto el Caos? El aparente si, sin duda, pero perfectamente “ordenado”, regido por alguna, para nosotros, incomprensible igualdad matemática. O eso creo. En cualquier caso, nada comparable al caos que me espera el lunes en la oficina.

La luz, ambarina y radiante, sublima las tenues aguas, ahora más ligeras, y las eleva, las atrae hacia sí, por el simple capricho de volver a colmarlas.
Pequeñas columnas de vaho se elevan por todas partes, como si el paisaje entero quisiera evadirse… vaporoso, y no dejar rastro.
La vida es más sueño que realidad, pese a la engañosa contundencia de la materia.

El aire, estático, ha sido cargado con efluvios nocturnos, y regala olores húmedos e intensos; huele a flores y a setas, a tierras mojadas y a cierto misterio.
Ruidos tras las matas. Tal vez Elementales... silfos, gnomos o hadas. Ya me gustaría. Puedo imaginar esos seres de leyenda, traviesos, a veces terribles, agazapados en las sombras, a la espera de esa hora bruja en la que todo es posible. Algunos aseguran verlos. Quién sabe. Vuelven a trompicones antiguos anhelos infantiles.

La noche… ¿por qué razón nos atrapa?; “La vida del espíritu interno es la muerte de la naturaleza externa, y la noche del mundo físico es el día del espiritual. Por esto se adoraba a Dionisio, el sol nocturno, con preferencia a Helios, el sol diurno”, H. P. Blavatsky, ‘Isis sin velo’.

La mente fluye aquí y allá, apacible, y no le apetece posarse en nada concreto.
No encuentro discordancias, ni siquiera en el aparente anacronismo de un tronco podrido, del que brotan unas flores y alguna amanita muscaria. La vida necesita a la muerte.
Al lado, una seca boñiga de vaca, ha servido de matriz a un desafiante puñado de psilocybes. Nada escapa a esa retroalimentación.

Vuelvo a la otra realidad. Los zapatos, calados de rocío, me han dejado los pies helados.

Un café al sol en cualquier terraza me vendrá bien.



Masas.

Nunca me gustaron las masas. La primera vez que fui a un concierto -el primero que dieron los Rolling Stones en Madrid, allá por los 70- a pesar de la ilusión y de la inconsciencia adolescente que arrastraba, no lo pude disfrutar plenamente.
El gentío me produjo una desazón difícil de explicar, como una certeza de que ya no sería por completo dueño de mis actos mientras durase aquello.
Eso sin mencionar que a la salida, nos esperaban los grises, y repartieron leña a su antojo. Tampoco llegué a saber porqué.
Nunca me gustó el fútbol. Ni siendo un chaval. Pero a mi amigo si. Y como le hacía ilusión ver uno de esos partidos en los que se enfrentan los eternos rivales, compró dos entradas y pasó a buscarme.
La masa en calma no transmite gran cosa, solo un omnipresente murmullo que termina sonando como una monótona letanía, careciendo de todo interés.
Pero la cosa cambia a medida que los ánimos se exaltan.
Y antes de darte cuenta, estás metido en una vorágine contagiosa, animando por alguna suerte de empatía -que no sabes de donde sale- a unos tipos de los que nunca te ha preocupado su existencia, y mucho menos su oficio.
Las masas contagian. Contagian su euforia, su ira… su irracionalidad.
Para muchos, es gratificante, porque te hacen sentirte parte, como una vieja y casi olvidada sensación de recuperar algo perdido, algo importante que nunca debió irse quizá, y sin ello... pareciera que no estemos enteros.
Para otros, entre los que me incluyo, produce una extraña percepción; la de no tener control sobre ti mismo, la de hallarte inmerso en un torbellino de emociones primarias de las que no quieres formar parte, so pena de, aunque sea momentáneamente, perder un buen pedazo de ti, de tu evolución. Con el trabajo que ha supuesto llegar hasta aquí…
En éstas estaba cuando, sin previo aviso, me entró miedo. Un miedo ilógico e inquietante… difícil de identificar causas directas, pero tan incomodo que pensé en la huida.
Aguanté estoicamente hasta el final del partido, y a pesar de que ganó el equipo de mi amigo, me prometí no volver a formar parte de un “ente” que se mueve por impulsos, sin intelecto, cambiante como una nube en un día ventoso, y sobre todo… capaz de absorberte con un estímulo ajeno.



Evoluciones

Con los años, su interpretación del mundo había cambiado. Fue una transformación lenta, irreversible. El amor, por ejemplo, ya no era un fogonazo que dejara fuera de plano todo lo demás, como en otros tiempos. Ahora, se había convertido en un consenso entre razón y emociones, un equilibrio que, lejos de ser perfecto, intentaba aproximarse a esa idea de que la armonía, podía serenar ambos conceptos. Si se daban esas circunstancias, el amor acudía, el suyo, el que era capaz de dar. Ya no tenía otro.
Era un amor sosegado, con menos pasión y más deleite, permisivo y menos invasivo, si es que algún día hubo tal invasión. Esa extraña idea, próxima a la ‘propiedad’ que pudo existir antaño, mutó en un estado de… amistad íntima, sin temores ni secretos, y aunque el miedo seguía presente, ése miedo a la posible pérdida, quedaba atenuado por una soledad fortalecida y con vida propia.
Ella le gustaba. Solía sentir cómo se mecía. La mayoría de sus vaivenes le venían con un lapso suave… felino, y traían consigo un ronroneo cómplice.
Le gustaba porque su imaginación desbordaba en un manantial de agua cristalina, saliendo a borbotones en mitad de un erial, creando imágenes vivas, pintadas por una mano invisible en un cuadro sin bordes.
Y escapando de ése tropel de infinitas estampas imposibles, sobresalían acordes sólo para unos pocos, quizá solo para él, añadiendo notas a una melodía siempre inacabada, desordenada… arrulladora, como colores cegadores en un mundo en blanco y negro.
Tenía miedo de estropear esos colores de tanto tocarlos. Pero lo que más miedo le daba, era permanecer estático y, como alguien dijo, viviendo como si nunca fuese a morir… para terminar muriendo como si nunca hubiese vivido. O al menos, no la vida que quería.
Le gustaba mantenerla en la distancia, pero acudieron a su memoria aquellas palabras de su abuela, siendo aún adolescente; “Los que quieren en silencio… mueren en soledad”.
Y cada mañana, apenas ponía los pies en el suelo, aquella batalla consigo mismo volvía a empezar… le llenaba aquella complicidad, pero le quitaba espacio.

Uno de estos días debería hacer algo, pensó.