De antropogénesis y finales.

Se supone que todo partió de dos individuos de la misma especie, aunque no necesariamente de la misma raza. Todos conocemos el viejo mito bíblico que nos habla de Adán y de Lilith, su primer intento (o el de ella), y nos dice que al no doblegarse ésta última a las servidumbres impuestas por el primero, decidió abandonar aquel “paraíso”, instalándose por su cuenta en el oscuro mundo de extramuros, dominado por algún tipo de demonios, y en el que encontró reposo. 
Menuda debía ser esta Lilith… o este, que ya puestos a destripar la leyenda, tampoco tenía por qué ser necesariamente hembra. Ni Adán el macho.
Pese al sugerente mito, puede que la tal Lilith, no fuera más que otro antropomorfo de los muchos que posiblemente poblaban la tierra por aquellos años, pero situado un eslabón por debajo de Adán en la escala evolutiva.
Nos cuenta la Biblia; «Los gatos salvajes se juntarán con hienas y un sátiro llamará al otro; también allí reposará Lilith y en él encontrará descanso (*)”... críptico donde los haya, para no perder la costumbre, pero quizá pudiera interpretarse como el animal volviendo con los de su especie. en cualquier caso, quien lo escribiera tampoco estuvo allí para verlo.
Y en este vals plagado de errores, parece que no cuajó la cosa, es evidente que resultaba imposible hacer planes con semejante hembra (o macho), y que nuestro Adán, sin nadie que le calentara ya la cama, probó en otros rebaños…
Lo que ocurrió después, biblias aparte, es ya más fácil de imaginar; una vez asentada la compatibilidad genética, los homínidos se van multiplicando en una proporción N(n) y se dispersan por el globo con mejor o peor suerte, y por tanto, ídem con el éxito.
Pero el entorno todo lo transforma, y a veces… de un modo brutal.
Rudyard Kipling vio en alguna ocasión esa metamorfosis; un chimpancé, después de morir su cría, roba un bebé en la aldea más próxima y lo amamanta como propio. Al cabo de unos años, encuentran al humano ya modificado, como si fuera uno más de los monos; con la espalda cubierta de pelo y los colmillos extraordinariamente desarrollados, como los propios animales con los que vivía.
Está claro que eso no es genética, sino mimetismo.
La evolución no siempre viene determinada por los genes, a veces… la mente se les adelanta. Pura supervivencia.
Y con el entorno como condicionante, poco a poco van surgiendo las razas; con pieles más oscuras o más pálidas, mayor o menor estatura, rasgos distintivos, etc. y por supuesto… la cultura. Pero como se trata de hacerlo breve, no hablaremos aquí de ella.
No hay duda del mecanismo que mantiene todo esto; el aislamiento.
Siguiendo por tanto esta misma línea evolutiva, y lanzando la mirada un poco más allá, no es difícil hacer el camino a la inversa, y adivinar el resultado en un futuro relativamente corto… corto si lo comparamos con la historia del hombre, claro.
Con esta imparable globalización que vivimos, y si el mundo aguanta, el aislamiento desaparecerá por completo, y el continuo mestizaje nos llevará finalmente a ser una sola raza: la suma de todas las actuales.

Ya tendríamos un problema resuelto. 



(*) De la Wikipedia, por aquello de lo breve.



El abuelo.

El viejo no era de muchas palabras. Yo tampoco. Herencia suya supongo.
Por eso durante mucho tiempo, creí que se quedaba a medias con las frases.
No era hombre de letras, decía no necesitarlas.
Nunca tuvo un trabajo estable, quizá por tener vocación de gigoló y alma de tahúr.
Su vida no fue fácil. Con el acicate de cuatro mil reales que le dio un señorito para que se alistase en el ejército en su lugar, como era costumbre en la época, creyó poder huir de la miseria y firmó antes de haber cumplido los veinte.
Pasó penurias, hambre y sed, fue superviviente en la masacre del Barranco del Lobo y en las guerras de Melilla, donde mató para no morir y acabó sobreviviendo con desgana.
Y en aquél ambiente de emboscadas, deshonores y traiciones, se aficionó al juego. Se jugaba el tabaco, el vino, las guardias o la puta de turno, sin importar el orden ni tener claro el objetivo. Perdió el miedo a los vivos y el respeto por los muertos, y poco a poco fue haciéndose nihilista, como tantos otros en aquella España miserable y sin esperanzas en la que las fuerzas del «orden» disparaban contra las multitudes hambrientas, por manifestarse pidiendo un trozo de pan.
Conspiraciones «judeo-masónicas» lo definiría otro iluminado años más tarde. Quizá «judeo-masón» fuera sinónimo de hambriento por aquellos días…
Terminaron apodándole “el bala” porque confundieron su hastío con arrojo, y finalmente le hirieron en una encerrona. Le licenciaron poco después.
Se casó con una adinerada viuda, y vivió él también como un señorito durante un tiempo.
No duró mucho, fundió la fortuna entre timbas y juergas. Ella moriría poco después.
De su pasada fortuna, sólo quedó una pequeña gasolinera, y el negocio, aunque pequeño, era próspero. Tampoco duró. Ya pasaba los cuarenta cuando empezó la guerra. Y se la expropiaron. Primero unos, después los otros.
Al terminar la contienda, colaboró con el maqui, por venganza que no por ideales.
A punto estuvieron de fusilarle, aunque finalmente, lo arreglaron con unos años de cárcel. Contrabando dijo.
Los años que siguieron no fueron mucho mejores. Constantemente probando, invariablemente huyendo.
Puede que esa fuera la causa de su parquedad de palabras… ya lo había dicho todo.
A veces, me parecía un maestro de la síntesis. Cuando quería introducir alguna lección en mi cerebro, escatimaba tanto, a mi juicio -un juicio escaso, visto al paso de los años- los recursos del lenguaje y de los gestos, que nunca estaba seguro de haber entendido lo que me decía.
Por eso siempre creí que quería decir mucho más de lo que aparentemente decía. Con el tiempo, supe también que le daba la misma importancia que a encenderse un cigarrillo, al fin y al cabo… él ya solo esperaba.
Me gustaba su humor imparcial y socarrón, aunque no siempre lo entendía.
“Uno de estos días vendrá la vieja a buscarme, me tratará bien, somos viejos amigos… hubo un tiempo en que le hice parte de su trabajo”. Nunca me atreví a preguntarle.
Hacía ya más de veinte años, antes de cumplir los sesenta, que abandonó a su última mujer y se trasladó al monte, al pequeño huerto herencia de la primera, y que todavía conservaba porque nadie quiso comprarlo nunca. Se hizo una minúscula caseta de madera y piedra junto al manantial, rodeado de encinas y alimañas, y vivía del huerto y de una escueta pensión de beneficencia.
A veces sacaba su vieja escopeta y mataba algún conejo, “una muerte más no inclinará mucho la balanza, solía decir con ironía.
“¿Porqué te viniste aquí?” le pregunté en cierta ocasión.
Me respondió sin vacilar:”Porque ahí fuera sobraba”
Vivía con un viejo careas, ya sin dientes, al que llamaba Lobo. Le desmenuzaba pacientemente la comida para que pudiera tragarla. Formaban un curioso binomio, ambos se entendían con sólo mirarse:”Sabía que eras tú, Lobo me lo ha dicho” me dijo en alguna ocasión al verme aparecer.
No le gustaban las visitas y sólo permitía dos excepciones; un viejo pastor solitario con el que compartía tabaco y vino y al que toleraba porque, como él mismo, era hombre de pocas palabras… y a mí, que subía a verlo tres o cuatro veces al año.
Solíamos sentarnos en el porche.
Liaba el cigarrillo meticuloso, sin prisa, metiendo cuidadosamente entre las hebras sus malos recuerdos, para convertirlos en humo. Después, lo aprisionaba entre sus labios secos y clavaba los ojos en el horizonte, siempre la mirada perdida, sopesando tal vez… aunque hacía ya mucho que se había perdonado los pecados, quizá por insalvables.
“Hagas lo que hagas no puedes escapar” dijo, sin el menor asomo de emoción.
“¿Escapar de qué?”
“De lo que haces”
“¿Quieres decir que todo está ya definido de antemano?”
“Quiero decir que estás jodido de antemano, desde que naces… ni tus pensamientos te pertenecen”
“¿En qué te equivocaste, abuelo?”
“Yo no me equivoqué, el error fui yo” y se levantó dando por zanjada la cuestión.
Solía actuar así, y si insistía, no lograba arrancarle más que algún que otro monosílabo, y casi ignorándome, seguía con sus tareas.
Y aquel invierno vino la vieja a visitarle, sin prisa, dándole tiempo, como viejos amigos que eran.
Lo encontró el pastor en la cama, ya muy débil. Llevaba días, puede que semanas postrado, delirando, consumido por la fiebre. Bajó hasta el pueblo para dar aviso, pero el médico lo encontró agonizante. Neumonía dijo. Murió esa misma tarde.
Sus hijos no quisieron verlo.
Una semana más tarde, no sabría decir porqué, subí hasta la cabaña. La habían desvalijado por completo.

El viejo, sentado en el porche, me sonreía irónico mientras liaba un pitillo.