El Guardián

En el cementerio que rodeaba la antigua iglesia, hacía mucho que no enterraban a nadie. Más de cien años tal vez.
Los musgos y hiedras que recubrían las tumbas, le daban una apariencia de jardin descuidado y surrealista.
Le llamaba la atención una de ellas, quizá la más antigua dado su aspecto, como salida de algún tenebroso cuento de Poe. La hiedra cubría por completo el ahora mutilado cuerpo de un ángel de piedra gris, ya sin el brazo, posiblemente amenazador, que pudo esgrimir un día.
A sus pies, una lápida con extraños simbolos, ilegibles a su entender.
El musgo dejaba ver unas fechas, 1.73?-1.742, y las primeras letras de un nombre, Gaë… Gaëlle seguramente. Una niña por tanto.
Al epitafio, ilegible, le daba una interpretación diferente cada día, según la inspiración del momento; Aquí yace mi pequeña flor, a la que di mi corazón para que siga viva entre los muertos, mientras yo, ya muerto, me arrastro entre los vivos, por ejemplo.
La pequeña iglesia románica solo abría su repujada puerta los domingos, para la misa, pero en un lateral, la de la sacristía siempre estaba abierta.
Era el guardián de la entrada un San Jorge, policromado y a tamaño natural, que con ojos fieros y gesto iracundo, clavaba su escoba en la sombra de algún dragón inexistente. Quizá algún día lo tuvo a sus pies, pero ya no quedaba rastro, porque el dragón, cansado de representar durante siglos la misma función, y de que la ceguera religiosa del caballero no le dejara entender la profundidad del simbolismo, decidió remontar el vuelo un buen día, dejándole a solas con su estúpida ira.
Debía ser tan antiguo como la propia iglesia, que llevaba su nombre, y ambos compartían el mismo destino… una intermitente y eterna restauración.
Y sí… blandía escoba en lugar de lanza, sin duda una broma de alguien cansado de ver tanta furia en aquella cara. Pero a escobazos o a lanzazos… imponía el mismo respeto.
Nada más abrir la puerta de la sacristía, se lo encontraba de frente, siempre vigilante.
Amenazador y furibundo, parecía cobrar vida, como pidiendo explicaciones por la profanación de la que creía su casa.
Cierta tarde gris –los días grises volvían más siniestro si cabía al eterno paladín- cargándose de valor para sortear la amenaza, se adentró en la penumbra de la iglesia, encaminándose hacia el órgano, como era costumbre.
Le agradaba sentarse frente a las viejas teclas, aunque no emitieran sonido alguno, y mover aquellas innumerables clavijas y resortes, mientras se imaginaba tocando una melodía nunca escrita ante un público extasiado. Cuando las ovaciones se le antojaron cansinas, dirigió distraído sus pasos a la sacristía para volver a salir… y se encontró a San Jorge girado, mirándole de frente.
¿Cómo podía ser…? desde ahí debería estar de espaldas, siempre lo había visto así.
Estaba acostumbrado a estar solo y no se asustaba fácilmente, pero como un relámpago, rodeó la estatua y desapareció a la carrera hasta su casa, cien metros más allá. Y girando constantemente la cabeza… por si acaso.

Tardó un tiempo en volver.