Julia.

Julia nació en un pequeño pueblo de la sierra, uno de esos lugares suspendidos en el tiempo sin más opciones que la de soñar.
Era la hija mayor de Rosenda y Pedro, un matrimonio convenido entre una moza casadera y uno de esos cavernícolas de una sola ceja… pequeño, ruin y mucho mayor que ella.
Nacida en el seno de una familia humilde, Rosenda fue la menor de cinco hermanas. Su madre murió a los pocos meses de parirla.
Matías fue su padre, un tipo déspota e intolerante, de los que creen ser dueños absolutos de su creación y disponer de sus vidas a su antojo, en aras de su propio interés.
Las hijas, todas de una belleza exuberante, eran las más deseadas de la comarca.
Conocedoras de su poder, usaron aquellas armas para traer de cabeza a todo macho viviente. Salir de aquel agujero merecía el esfuerzo.
Y las palizas se volvieron costumbre. Pero a todo se habitúa uno, y entre una y otra, las visitas clandestinas se hicieron moneda corriente. Y como a la química de las hormonas no la subyugan las dictaduras, aquello terminó como tenía que terminar.
La mayor huyó con un gitano rico, y nunca más se supo. La segunda simplemente desapareció sin dejar rastro. Otra se fue a la capital, y aunque rumores había de sus ocupaciones, nunca se tuvo claro. La penúltima se fugó con un guapo tratante de ganado que conoció en las fiestas. Años más tarde supieron que andaba por las Américas.
Matías, vencido, moriría poco después.

Rosenda se quedó. Tenía madera de monja y olor a espliego.
Creyente y sumisa, fue la madre luchadora que todos hubieran querido tener, y la esposa que algunos en secreto anhelaban.
Se quedó para expiar los pecados de sus hermanas.
Los expió con creces. Y los de medio pueblo.
Quedó viuda muy joven, con dos hijos, una casa y unas pocas y miserables tierras que no merecían el sudor que se dejaba en ellas.
Su casa se convirtió en el improvisado orfanato del pueblo. Si algún crío quedaba huérfano, lo acogía. Sobrevivían como podían. Nunca pidió nada… no sabía.
Pablo fue su gran amigo. Se conocían de toda la vida. Él la quiso desde que tenía uso de razón, pero nunca tuvo el coraje de decírselo. Y ella se lo agradeció.
Siempre atento y discreto, la vigilaba desde la distancia, para que no pudieran hacerla demasiado daño. A Pablo, aún joven, se lo llevaron unas fiebres en la soledad de su cama. Y Rosenda se sintió más sola que nunca.
                  
En aquel ambiente pasó Julia los primeros años de su vida. Dispersa e hiperactiva, sólo era consciente de su propia existencia, y aún así… no la entendía. Nerviosilla lo llamaban en aquellos tiempos.
Su tía de la capital, Ana, se la llevó apenas hubo cumplido cinco años. Para aliviar a su hermana de alguna carga, decía. O tal vez fuera porque, por algún motivo, su vientre era yermo. Con ella pasó Julia más de veinte años de su vida, y entre trapicheos, racionamientos y estraperlos, ejerció en aquella casa más como criada que como sobrina. Rosenda, su madre, venía a visitarla cuando podía, siempre con la esperanza de poder llevársela de vuelta al hogar, que sin ella… le parecía incompleto. Julia nunca accedió y poco a poco fue olvidándose de su madre, de su pueblo… y de ella misma.

Ana era una superviviente nata. Inteligente y valiente, le sobraron agallas y le faltaron escrúpulos. Fue la única que tuvo valor para enfrentarse a Matías.
Se abrió camino desde la nada hasta una vida cómoda y sin privaciones en una sociedad machista y difícil. Era alta y delgada, como todas sus hermanas, bella como pocas, y temible como nadie cuando le sacaban el genio. Tuvo varios amantes y un marido, y a su manera, los quiso a casi todos. Se dejaba agasajar, le gustaban los regalos y los hombres, pero ella imponía las reglas.
Regentaba una casa, regalo de su primer amante, el único al que no quiso, un tipo maduro, casado y con hijos, honorable miembro activo de aquella sociedad almidonada, y poseedor de una considerable fortuna incrementada en tiempos revueltos. Aunque temido y respetado, perdía la coherencia ante los ojos de Ana. Y la compostura frente a sus pechos.
Ella le soportó un tiempo, el necesario para abrirse camino en aquella colmena de supervivientes.
Su casa era amplia, cómoda y estaba en un barrio respetable y tranquilo. Era hostal unas veces, lugar de distribución de estraperlo otras, y si los tiempos venían convulsos… prostíbulo de lujo. Eso si… sólo para iniciados.
En aquella casa siempre había jamón, vino, y mil duros para tapar bocas.
Y poco a poco, fue haciéndose con algunas propiedades y una vida respetable.
Cuando llegaron tiempos más dulces, se casó con Teodoro, un tipo bonachón, antiguo conocido y desertor del bando nacional durante la contienda.
Huyó del frente después de una batalla, harto de salpicaduras de sangre ajena, y se refugió en casa de Ana una oscura noche de tormenta, medio muerto de frío y con los pies ensangrentados por la huída.
Ana usó sus influencias para salvarle el pellejo a aquel tipo ingenuo y apacible cuya única pretensión era morir en paz lejos de las trincheras. Le consiguió dos años de cárcel en régimen de media pensión y el perdón. Teodoro nunca supo a cambio de qué.

A Julia le gustaban las cabras más que el colegio. Ana, que siempre fue estricta para unas cosas y extrañamente permisiva para otras, la dejó hacer.
Pronto se convirtió en su afición favorita, quizá por encontrar en ellas más cariño que en su casa. A veces, a su tía le costaba distinguir a una de las otras… hasta que finalmente, comprendió que jamás conseguiría sacarla del asilvestramiento que padecía.
Julia puso nombre a las cabras y se convirtió en una de ellas.

Después… pasó toda una vida.

Ahora, casi ochenta años más tarde, Julia ha sobrevivido a sus cabras y a casi todo lo que recuerda.
Se halla sentada en la puerta de su casa, y con la mirada suspendida en escenarios  perdidos en el tiempo, hace desfilar ante sus ojos retazos de su vida.

Ya no es capaz de recordar qué cenó anoche, pero se acuerda perfectamente del nombre de cada una de sus cabras, y a veces… las llama.



El vuelo.

 El madrugón no se nos había dado muy bien, ya llegábamos tarde, apenas un café con prisas en el primer bar que vimos abierto, para paliar algo la resaca de la noche anterior. Más que anterior… reciente, ni siquiera había amanecido.
Con las primeras luces del alba, arrancamos motores y nos quedamos en espera de autorización para el despegue.
Las instrucciones de la torre fueron precisas; “estén atentos en todo momento a su radar meteorológico, un enorme cumulonimbo cubre Menorca, y no tiene buen aspecto”.
¿Nuestro radar meteorológico…? Nos quedamos mirándolo. Debía referirse a aquella pantallita negra, en el centro del tablero… ¡pero si llevaba años muerto! eso suponiendo que alguna vez llegase a funcionar… o quizá solo se tratase de una simple pantalla de adorno, para cubrir inspecciones. Pero le devolvimos un… “recibido, gracias”.
Un último vistazo para asegurar que la carga no podía moverse, y despegamos suavemente.
Cambiamos rumbo sin dejar la trepada, hasta alcanzar el techo de servicio que nos habían asignado, y nos adentramos en las nubes. No dio tiempo ni a conectar el piloto.
Nos vimos metidos de lleno en alguna suerte de coctelera en manos de un camarero loco… y la agitaba como si fuera su último acto en la tierra.
La noche, apenas dejada unos minutos atrás, volvió con toda su intensidad, como si se le hubiera olvidado algo. Los mandos apenas respondían, los instrumentos dejaron de funcionar, y a nuestro alrededor la oscuridad se volvió intermitente, interrumpida por los fogonazos de un millón de relámpagos. Los rayos, buscando la paz de allá abajo, caían rozándonos desde todas direcciones;  rojizos, azulados, amarillos, blancos… el ensordecedor estallido de los truenos se volvió insoportable.
El avión volaba a su aire… picaba el morro bruscamente, o iniciaba una guiñada hasta casi ponernos boca abajo, o hacía una trepada sin control, o de pronto caía en un violento desplome que parecía no tener fin.
La estructura emitía unos quejidos que erizaban la piel… todo crujía, los mandos transmitían una vibración dolorosa, y las alas se cimbreaban de tal modo, que esperábamos con resignación que alguna se partiera de un momento a otro. La paquetería que conformaba la carga bailaba sin control detrás de nosotros, desestabilizando aún más si cabe aquel vuelo caótico, y de cuando en cuando, alguna nos golpeaba la espalda.
Los remaches de una de las chapas que cubrían el ala saltaron de golpe.
Un agujero cuadrado dejaba ver la estructura del ala. Para compensar la pérdida de sustentación subimos revoluciones. El vuelo se hizo más difícil.
Nos miramos. No dijimos nada, no hacía falta.
Pocas veces me he sentido tan solo. Mi compañero también… se lo vi en los ojos.
La muerte te quita todos los adornos.
Nuestros estómagos no se resintieron, estábamos demasiado ocupados para pensar en ello.
Casi cuarenta minutos después, la nube nos escupió con la misma violencia con la que nos había absorbido. Y se hizo la luz. Apagada y gris… pero luz.
Según los instrumentos, estábamos a una cuantas millas al norte de Menorca.
El vuelo hasta el aeropuerto transcurrió en silencio… qué se podía decir…
La radio empezó a balbucear; “eco charlie… eco charlie… ¿nos reciben?”.
Aturdidos y desorientados, contestamos; “adelante para eco charlie…”
“¡Dónde coños se habían metido…! Hace más de media hora que han desaparecido del radar…”
“ Hemos tenido un problemilla con una nube que nos había tomado cariño, pero ya nos hemos despedido”
“Pues en tierra hacen el favor de pasar por las oficinas para el informe, que ya han despegado los del S.A.R. para su rescate y querrán explicaciones, cambio y corto”.
Curiosamente, nos sentíamos como una rosa… ni rastro de la resaca.

Poco más tarde, aquel avión dejó de volar. Y después de unos pocos cientos de horas, yo también. 
Llegué a echar de menos aquellos tiempos heroicos… y a aquel ladrillo con alas, pero sobre todo… a aquellos maravillosos pilotos.


Sin rumbo.

Al principio sólo horizonte, perfectamente definido en la lejanía, cada día un poco más inalcanzable, como en una carrera de locos con rumbo fijado a ninguna parte.
Unas veces zigzagueante, otras con la monotonía de la línea recta. En la cara, salpicaduras de agua fría que dejan en la boca regusto a salitre. En la espalda… las del tiempo, atravesando piel y carne para clavarse en las vertebras. Él siempre gana… nunca tiene prisa. Yo tampoco.
A medida que avanza este lento transcurrir, me cuesta distinguir cielo de horizonte. Aquella línea divisoria se ha fundido, y con los vaivenes de la proa, cuesta saber si navego o si vuelo.
Me esfuerzo por ubicarme, en un último intento por no perder el rumbo, pero es demasiado tarde, la aguja del compás gira caprichosa, cansada ya de marcar un norte ilusorio.
Llegan la noche y la calma. Ahora la superficie es un espejo infinito que refleja el universo de arriba, y floto estático sobre una inexistente planicie imaginaria que divide los dos universos, y en la que, lo de arriba… es igual a lo de abajo.
El tiempo está detenido, no sabe cuál de los dos universos debe atender… Yo también.

Extraño mundo éste…


En la terraza

Era una calle de un barrio obrero cualquiera, de esas que tienen un bar en cada esquina y un tal hormigueo de gentes, que no dan descanso a sus aceras.
Haciendo tiempo, me senté en la terraza de uno de los bares, en la más poblada, por aquello del vicio de observar otras existencias. Los clientes eran asiduos del lugar, viejos parroquianos la mayoría, se les notaba por el desparpajo con el que se movían dentro y fuera del local, buenos bebedores y aunque alargaban el sorbo -sin duda por falta de mayores recursos a la hora de pagar- se adivinaba en sus modos la larga experiencia y el deleite con el que se metían el trago. A juzgar por la mueca marcada en sus caras, entre resignación y hastío… y por la hora, se diría que la casi totalidad eran parados.
En la acera de enfrente, paró una pequeña furgoneta de reparto, medio subida en la acera por falta de hueco en el que poder aparcar. El conductor bajó a la carrera y con un paquete entre las manos, desapareció tras la esquina. Unos segundos más tarde llegaron dos municipales, se pararon de inmediato junto al vehículo, y mientras uno inspeccionaba los alrededores de la furgoneta, el otro sacó su mágica libreta y se puso a llenarla de garabatos.
 Apareció el conductor, que desesperado, les soltaba disculpas típicas de quién hace lo posible por cumplir con su obligación pero todo son trabas.
El que apuntaba en la libreta movía la cabeza dando a entender que ése no era su problema.
Desde una de las mesas del bar alguien gritó; “¡Cabrones!”. Un silencio plomizo se extendió de inmediato. Los policías giraron la cabeza al unísono.
Otra voz espetó; “¡Hijoputas, que no dejáis vivir a nadie!”
Uno de los polis hizo un gesto como diciendo “¿Qué pasa… algún problema?” Y se dirigió hacia las mesas.
En ése momento, un tipo cercano a los sesenta se levantó, y encarándose al poli que se acercaba, le dijo; “¡Si lo que queréis es vernos a todos pidiendo limosna, cabrones!” y se levantó otro, y otro, y otro más… y toda la terraza se puso en pie.
El policía paró en seco, se giró hacia su compañero, intercambiaron una rápida mirada, y desaparecieron a la carrera.
La crispación se podía palpar, el ambiente vibraba como una olla en ebullición.
Me vinieron a la cabeza historias que contaba mi abuelo, del Madrid de antes de la guerra, en el que la tensión en las calles se podía cortar con cuchillo.

Sólo quiero que cambie el escenario.



El hombre eterno

Tenía más de dos mil años, y tantos nombres, que no podía recordarlos todos.
En realidad no podía recordar gran cosa, a veces… todo le parecía una misma escena, infinidad de veces vivida.
Los primeros doscientos fueron soportables, y aunque no lograba entender porqué era inmune a las enfermedades, ni la razón de que sus heridas cicatrizaran a esa velocidad, con el tiempo dejó de hacerse preguntas
Tuvo varias esposas y multitud de hijos, a todos vio nacer y morir, y hacía mucho que pasaron a ser un borrón en su memoria.
Cuando intentaba evocarlas a ellas, sólo una acudía a su memoria,  la primera tal vez… ¿o fue la segunda? Poco importaba. Las otras eran apenas unas sombras confusas en su recuerdo.
Antes de cumplir los doscientos, acordó consigo mismo no volver a acercarse a mujer alguna. Ya no quería involucrar a nadie más en su vida.
Después, vio como el tiempo, detenido, le contemplaba impasible, a veces con una mueca cruel.
Dejó de distinguir con claridad la diferencia entre la vida y la muerte, y ésta última, le parecía un regalo que a él, por algún motivo, le era negado.
Pensó muchas veces en el suicidio, pero las noches le calmaban.
Los dioses lo habían previsto, y le concedieron un curioso regalo; sus ensueños. Sin duda para poder soportar tanta vida.
Sus ensueños le sumían en mundos inaccesibles al resto, universos fabulosos e indescriptibles que le llenaban de vida durante unas horas, soportando así el tedio de la existencia. Eran tan palpables, que con los años ya no pudo separar sueños de realidad.

Abría la ventana de par en par y se tendía sobre la cama, a esperar...
No solía tardar. Caía flotante en alguna especie de tibieza, como una oscuridad protectora, y escapaba por esa otra ventana interna, abierta sólo en ocasiones.
Se producía entonces una sacudida, un despertar del ensueño dentro del ensueño, y tras un instante de confusión, su nueva consciencia tomaba contacto con esa realidad nueva.
Miraba a su alrededor. El bosque, lleno de pequeños ruidos, le llegaba como una deliciosa sinfonía. Los inacabables olores entraban intensos y frescos.
Le invadía la euforia, y una insólita percepción más allá de la plenitud física, le sacaba de la piel hacia afuera un sexto sentido… extremo e intrigante.
En su mente ya no había diálogo ni dudas. Los pensamientos dejaban de fluir, y el inmenso hueco que cedían, lo ocupaba de inmediato aquel entorno acechante… infinitamente vivo.
En ésos momentos, podía visitar mundos inimaginables.

Pero se sentía terriblemente cansado, con la apremiante obligación del que tiene que cambiar de lugar cada cierto tiempo, de amigos, de familia, para no levantar sospechas.
A veces, le asaltaba una imperiosa necesidad por proclamar a los cuatro vientos su condición de inmortal. Pero se frenaba cuando pensaba en las consecuencias. Las gentes temen y envidian por igual esas cosas, con resultados previsibles… las multitudes siempre son previsibles.

Fue cazador y agricultor, comerciante y guerrero, músico y navegante, monje, asceta y alquimista, fue rico y mendigo, ladrón por un tiempo, médico y a veces… asesino, y llegó a saber tanto, que perdió todo interés por las cosas.