El hombre eterno

Tenía más de dos mil años, y tantos nombres, que no podía recordarlos todos.
En realidad no podía recordar gran cosa, a veces… todo le parecía una misma escena, infinidad de veces vivida.
Los primeros doscientos fueron soportables, y aunque no lograba entender porqué era inmune a las enfermedades, ni la razón de que sus heridas cicatrizaran a esa velocidad, con el tiempo dejó de hacerse preguntas
Tuvo varias esposas y multitud de hijos, a todos vio nacer y morir, y hacía mucho que pasaron a ser un borrón en su memoria.
Cuando intentaba evocarlas a ellas, sólo una acudía a su memoria,  la primera tal vez… ¿o fue la segunda? Poco importaba. Las otras eran apenas unas sombras confusas en su recuerdo.
Antes de cumplir los doscientos, acordó consigo mismo no volver a acercarse a mujer alguna. Ya no quería involucrar a nadie más en su vida.
Después, vio como el tiempo, detenido, le contemplaba impasible, a veces con una mueca cruel.
Dejó de distinguir con claridad la diferencia entre la vida y la muerte, y ésta última, le parecía un regalo que a él, por algún motivo, le era negado.
Pensó muchas veces en el suicidio, pero las noches le calmaban.
Los dioses lo habían previsto, y le concedieron un curioso regalo; sus ensueños. Sin duda para poder soportar tanta vida.
Sus ensueños le sumían en mundos inaccesibles al resto, universos fabulosos e indescriptibles que le llenaban de vida durante unas horas, soportando así el tedio de la existencia. Eran tan palpables, que con los años ya no pudo separar sueños de realidad.

Abría la ventana de par en par y se tendía sobre la cama, a esperar...
No solía tardar. Caía flotante en alguna especie de tibieza, como una oscuridad protectora, y escapaba por esa otra ventana interna, abierta sólo en ocasiones.
Se producía entonces una sacudida, un despertar del ensueño dentro del ensueño, y tras un instante de confusión, su nueva consciencia tomaba contacto con esa realidad nueva.
Miraba a su alrededor. El bosque, lleno de pequeños ruidos, le llegaba como una deliciosa sinfonía. Los inacabables olores entraban intensos y frescos.
Le invadía la euforia, y una insólita percepción más allá de la plenitud física, le sacaba de la piel hacia afuera un sexto sentido… extremo e intrigante.
En su mente ya no había diálogo ni dudas. Los pensamientos dejaban de fluir, y el inmenso hueco que cedían, lo ocupaba de inmediato aquel entorno acechante… infinitamente vivo.
En ésos momentos, podía visitar mundos inimaginables.

Pero se sentía terriblemente cansado, con la apremiante obligación del que tiene que cambiar de lugar cada cierto tiempo, de amigos, de familia, para no levantar sospechas.
A veces, le asaltaba una imperiosa necesidad por proclamar a los cuatro vientos su condición de inmortal. Pero se frenaba cuando pensaba en las consecuencias. Las gentes temen y envidian por igual esas cosas, con resultados previsibles… las multitudes siempre son previsibles.

Fue cazador y agricultor, comerciante y guerrero, músico y navegante, monje, asceta y alquimista, fue rico y mendigo, ladrón por un tiempo, médico y a veces… asesino, y llegó a saber tanto, que perdió todo interés por las cosas.