En la terraza

Era una calle de un barrio obrero cualquiera, de esas que tienen un bar en cada esquina y un tal hormigueo de gentes, que no dan descanso a sus aceras.
Haciendo tiempo, me senté en la terraza de uno de los bares, en la más poblada, por aquello del vicio de observar otras existencias. Los clientes eran asiduos del lugar, viejos parroquianos la mayoría, se les notaba por el desparpajo con el que se movían dentro y fuera del local, buenos bebedores y aunque alargaban el sorbo -sin duda por falta de mayores recursos a la hora de pagar- se adivinaba en sus modos la larga experiencia y el deleite con el que se metían el trago. A juzgar por la mueca marcada en sus caras, entre resignación y hastío… y por la hora, se diría que la casi totalidad eran parados.
En la acera de enfrente, paró una pequeña furgoneta de reparto, medio subida en la acera por falta de hueco en el que poder aparcar. El conductor bajó a la carrera y con un paquete entre las manos, desapareció tras la esquina. Unos segundos más tarde llegaron dos municipales, se pararon de inmediato junto al vehículo, y mientras uno inspeccionaba los alrededores de la furgoneta, el otro sacó su mágica libreta y se puso a llenarla de garabatos.
 Apareció el conductor, que desesperado, les soltaba disculpas típicas de quién hace lo posible por cumplir con su obligación pero todo son trabas.
El que apuntaba en la libreta movía la cabeza dando a entender que ése no era su problema.
Desde una de las mesas del bar alguien gritó; “¡Cabrones!”. Un silencio plomizo se extendió de inmediato. Los policías giraron la cabeza al unísono.
Otra voz espetó; “¡Hijoputas, que no dejáis vivir a nadie!”
Uno de los polis hizo un gesto como diciendo “¿Qué pasa… algún problema?” Y se dirigió hacia las mesas.
En ése momento, un tipo cercano a los sesenta se levantó, y encarándose al poli que se acercaba, le dijo; “¡Si lo que queréis es vernos a todos pidiendo limosna, cabrones!” y se levantó otro, y otro, y otro más… y toda la terraza se puso en pie.
El policía paró en seco, se giró hacia su compañero, intercambiaron una rápida mirada, y desaparecieron a la carrera.
La crispación se podía palpar, el ambiente vibraba como una olla en ebullición.
Me vinieron a la cabeza historias que contaba mi abuelo, del Madrid de antes de la guerra, en el que la tensión en las calles se podía cortar con cuchillo.

Sólo quiero que cambie el escenario.