Sin rumbo.

Al principio sólo horizonte, perfectamente definido en la lejanía, cada día un poco más inalcanzable, como en una carrera de locos con rumbo fijado a ninguna parte.
Unas veces zigzagueante, otras con la monotonía de la línea recta. En la cara, salpicaduras de agua fría que dejan en la boca regusto a salitre. En la espalda… las del tiempo, atravesando piel y carne para clavarse en las vertebras. Él siempre gana… nunca tiene prisa. Yo tampoco.
A medida que avanza este lento transcurrir, me cuesta distinguir cielo de horizonte. Aquella línea divisoria se ha fundido, y con los vaivenes de la proa, cuesta saber si navego o si vuelo.
Me esfuerzo por ubicarme, en un último intento por no perder el rumbo, pero es demasiado tarde, la aguja del compás gira caprichosa, cansada ya de marcar un norte ilusorio.
Llegan la noche y la calma. Ahora la superficie es un espejo infinito que refleja el universo de arriba, y floto estático sobre una inexistente planicie imaginaria que divide los dos universos, y en la que, lo de arriba… es igual a lo de abajo.
El tiempo está detenido, no sabe cuál de los dos universos debe atender… Yo también.

Extraño mundo éste…