Un mendigo.

Andaba cubierto a rodales por una pátina gris-ocre que amenazaba convertirse en costra, el pelo largo y enmarañado, como la barba, ambos con restos de paja y otras cosas enredadas. Desdentado, en zapatillas sin cordones, una de color indefinido y otra que debió ser blanca en días mejores, los pantalones almidonados con ‘mejor-no-saber-qué’ y unos jirones de sucia tela por camisa. El hombre caminaba indeciso por la acera,  parándose a ratos, otros aceleraba el paso, y a veces se giraba sin dejar de mirar hacia lo alto. Mantenía una extraña y poco amable conversación -a juzgar por el tono- con alguien visible sólo para él.
La papelera le atrajo como un imán. Extendió la mano para hurgar en ella pero como un resorte, la retrajo de inmediato; “¡Ah no, tu no… que ya nos conocemos, y tu traes mala suerte… aquel billete de cinco euros era mío, y si compré vino fue porque me dio la gana!... una pistola… me voy a comprar una pistola… ¿crees que no puedo?... se donde las venden”, y siguió inmerso en aquel monólogo con altibajos en el que la razón siempre estaba de su parte.
En psiquiatría se dice que deberíamos dedicar la primera mitad de nuestra vida a potenciar el ego -por aquello de pulir miedos e ir eliminando traumas y demás frustraciones-, para destruirlo por completo en la segunda mitad, porque termina siendo un lastre. Ésta segunda mitad es la que no terminamos de asumir.
Curioso… la carga más importante de la mochila es de la que menos somos conscientes.
Se sentó a unos pocos bancos de distancia del mío, y como si hubiera cambiado por completo de escenario, se puso a reír a carcajadas. No se qué pudo decirle su ‘amigo’ pero de pronto empezó a gritarle; “¡Tu no eres un hombre, y no tienes cojones… yo si… y cuando quieras te lo demuestro!”
Intenté meterme en su pellejo.
Era como despertar con la certeza de que la vida te ha pasado por encima. Una sensación familiar en un espacio lleno de errores y artilugios inútiles. Aquello producía una dolorosa certidumbre; la de tenerlo ocupado con objetos de otros. Y eso provocaba cierta sequedad de boca, como el resultado de una acumulación de resacas… una sed que el agua ya no sacia.
Y ahí sentado, con la mirada fijada en los adentros, intentaba, como en tantas otras ocasiones, rebuscar entre mis errores.
Escarbaba abriéndome paso a través de los innumerables trastos que habitan mis recuerdos, a veces oscuros y confusos, y aunque los había dulces, de cuando en cuando si introducía en exceso la mano de la memoria en el fondo de aquel gigantesco baúl, me topaba con alguno lacerante… y la punzada me hacía retirarla de inmediato.
A pesar de estar lleno aquel inmenso espacio, las oquedades eran evidentes. Algunas hasta tenían forma, unas formas peculiares que me daban una idea de la identidad del objeto que alguna vez pudo estar ahí, pero no llegaba a identificarlos con certeza. Los vacíos… en más de uno retumbaba un eco propio.

El tipo se levantó y se dirigió hacia mí sacándome de mi abstracción. Me pidió un cigarrillo. Le di el paquete con los tres o cuatro que quedaban y me fui.

Atroz agonía la de sufrir un dialogo interno que no permita el descanso. Me vino a la memoria aquella terrible maldición musulmana: “Que Alá te confunda”
Cortocircuitos aparte, el mundo actual no parece muy distinto al del mendigo… incongruente, sucio –en más de un sentido- y con un continuo dialogo entre besugos en el que nadie parece entender a nadie. La torre de Babel sigue creciendo.